viernes, 9 de enero de 2015

Yo de mayor quiero ser OTT

Para dar la bienvenida a 2015 como $DEITY  manda, voy a meterme en un berenjenal de los buenos.

Leo en prensa la enésima queja de César Alierta, presidente de Telefónica, acerca de la competencia desleal que representan las empresas over the top (OTT). Es decir, las empresas de Internet que emplean la infraestructura de red para ofrecer servicios sin que la operadora de telefonía vea un solo euro. Google, Facebook, Twitter, entre otros.

Esto no es nuevo. En 2010 el Sr. Alierta lanzaba una pregunta similar acerca de los buscadores:

– Las redes las ponemos nosotros —explicaba Alierta—, el billing lo hacemos nosotros, los sistemas los hacemos nosotros, el customer care lo hacemos nosotros, el servicio post-venta lo hacemos nosotros, el servicio de declaración lo hacemos nosotros... Lo hacemos todo. Y ellos tienen algoritmos —en claro tono despectivo—.
– Y los contenidos —puntualizó alguien a su lado–.
– Y los contenidos —confirmó Alierta—… ya si eso... —balbuceó—, va...

Vamos, que las redes son suyas y se las folla cuando quiere.

Estos comentarios no dejaron indiferente a nadie. La mayor parte de la comunidad internauta estaba de acuerdo: vaya gilipollez. Los clientes ya pagan por su cuota de línea. Además, esta reivindicación no tiene sentido. Es como si el fabricante de mi TV reclamase pasta a las cadenas televisivas por emitir los contenidos a través de sus pantallas. O el fabricante de mi caldera a la empresa del gas. O el fabricante del ordenador a los desarrolladores de software. ¿Acaso nos hemos vuelto locos? ¿A qué viene todo esto? Pues muy sencillo. Viene a cuento de que esas compañías OTT se están forrando. Sus negocios dan mucha más pasta de las que da vender ADSLs. Y claro, por muy descabellado e injusto que parezca, las telcos quieren su parte del pastel.

¿Y a que viene esta entrada? Pues simplemente me gustaría puntualizar dos cosas que me parecen especialmente sutiles e indignantes acerca de esta reivindicación.

En primer lugar, es absolutamente falso que las compañías OTT pacen a su gusto en la red sin apenas inversión. Una de las cosas que caracterizan a esos algoritmos y esos contenidos que con tanto desprecio habla el Sr. Alierta es que no se le ocurren a un cualquiera mientras se pega una ducha cada mañana. Hace falta muchísimo talento, muchísima preparación y muchísimas ganas de comerse el mundo para lograrlo. Tanto es así, que el ratio de fracaso en las startups tecnológicas ronda el 90%.  Eso significa que 9 de cada 10 dólares invertidos se van por el retrete. Y eso dista mucho del panorama descrito por el Sr. Alierta de compañías OTT que se forran sin invertir un chavo.

En segundo lugar, una telco, gracias a su cercanía con la red, tiene una posición privilegiada para desarrollar negocios en Internet. Si tan idílica es la situación de las compañías OTT, ¿por qué no aprovechar el posicionamiento para hacerles la competencia? ¡Ah, es cierto! Eso ya se intentó. Telefónica también quiso ser digital. Telefónica también tuvo su Facebook, su WhatsApp, su AWS y hasta su Dropbox. Y ninguno funcionó. No funcionaron, porque no es un juego de niños. Porque es desesperantemente difícil competir en el mercado digital. De modo que está completamente fuera de lugar describir un panorama idílico para las empresas OTT que se quedan todo el dinero mientras las pobres telcos malviven de las ADSLs reguladas. El camino que han recorrido Google, Facebook o Twitter está repleto de cadáveres de empresas. Se han dejado la piel para ser lo que son. Y si Telefónica no es capaz de pasar por eso y triunfar como hacen el resto, entonces lo mejor es que no compita. Y mucho menos en los despachos de Bruselas.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

De perros y legisladores

A raíz de la dramática noticia de los tres perros que le han arrancado media cara a un paisano de la localidad madrileña de Torrelaguna, acabo consultando el Real Decreto 287/2002 por el cual se regula la tenencia de animales potencialmente peligrosos. Y no es para menos, ya que un servidor tiene una tierna mascota de raza canina de cincuenta kilos de peso. En varias ocasiones me han llegado informaciones contradictorias al respecto. Unos me decían que si pesa más de 20 Kg es considerado una raza peligrosa —con 50 kilos mi criatura debe ser el doble de peligrosa—, lo que conllevaría expedir los correspondientes permisos y seguros de marras. Otros me decían que no es así. Y fíjese usted, quién me iba a mí a decir, que lo que iba a encontrar en el BOE me iba a dejar boquiabierto. 

Y no, no estoy sorprendido porque la ley me sea desfavorable. Lo que no me imaginaba es que un texto legal pudiera ser tan cómico como este. 

Voy directo al artículo II, que reza lo siguiente:

1. A los efectos previstos en el artículo 2.2 de la Ley 50/1999, tendrán la consideración de perros potencialmente peligrosos:

a) Los que pertenezcan a las razas relacionadas en el anexo I del presente Real Decreto y a sus cruces.

b) Aquellos cuyas características se correspondan con todas o la mayoría de las que figuran en el anexo II.

El punto a) no tiene nada sorprendente: el anexo I enumera una serie de razas potencialmente peligrosas (mi fiera no se encuentra entre ellas). Ya el punto b) levanta ciertas sospechas. ¿Aquellos que se correspondan con todas o la mayoría? ¿Todas o la mayoría? ¿Eso no es algo ambiguo? Esa disyunción es muy confusa. Todas ES la mayoría. Se podría omitir eso de todas, ¿no? O quizás nuestros prohombres —y promujeres— legisladores —y legisladoras— pretendían decirnos algo con esto. Quizás querían decir muchas. O casi todas. O medio lleno. O mayoría simple. O absoluta. Bueno, olvidemos eso por ahora y leamos el anexo II a ver de qué se trata. 

Los perros afectados por la presente disposición tienen todas o la mayoría de las características siguientes:

a) Fuerte musculatura, aspecto poderoso, robusto, configuración atlética, agilidad, vigor y resistencia.

b) Marcado carácter y gran valor.

c) Pelo corto.

d) Perímetro torácico comprendido entre 60 y 80 centímetros, altura a la cruz entre 50 y 70 centímetros y peso superior a 20 kg.

e) Cabeza voluminosa, cuboide, robusta, con cráneo ancho y grande y mejillas musculosas y abombadas. Mandíbulas grandes y fuertes, boca robusta, ancha y profunda.

f) Cuello ancho, musculoso y corto.

g) Pecho macizo, ancho, grande, profundo, costillas arqueadas y lomo musculado y corto.

h) Extremidades anteriores paralelas, rectas y robustas y extremidades posteriores muy musculosas, con patas relativamente largas formando un ángulo moderado.

Y aquí es cuando mi mente de informático se bloquea abruptamente con un volcado de pila. Mi interpretación de la norma es que, si un perro posee al menos 5 de esas 8 características —o así interpreto yo la mayoría—, sería considerado potencialmente peligroso. 

Así que me toca la tarea de ir analizando cada una de estas características si quiero saber si tengo en casa un asesino en potencia.

a) Fuerte musculatura, aspecto poderoso, robusto, atlético, ágil, bla, bla, bla. ¿Cómo se mide la musculatura de un perro? ¿Cómo puedo saber si es robusto? Atlético no parece, no muestra interés alguno por el fútbol. Y poderoso... no tiene pinta de ser uno de esos perros con tarjetas black. Venga, esta la vamos a poner en el montón de los posibles.  

b) Marcado caracter y gran valor. No tengo ni la más pajolera idea de qué es un perro con marcado carácter. Casi todos los debates que tenemos los suelo ganar yo, así que supongo que no debe ser muy marcado. ¿Gran valor? No puedo evitar pensar en Lasie o Rin Tin Tin. Estarían bien jodidos aquí en España. Viendo cómo mi fiera reacciona frente a los fuegos artificiales, creo que esta va al montón del no. 

c) Pelo corto. Yo entiendo que ciertos humanos con la cabeza rapada pueden llegar a ser muy agresivos. Pero no se me ocurre cómo esto puede tener relación alguna con los perros. No obstante, mi mayor duda es... ¿a qué le consideramos pelo corto? ¿Cuánto ha de medir el pelo para que deje de considerarse corto? Viendo las bolas de pelo que pasean por casa como cardos del desierto, creo que esta vamos a poner en el no. 

d) Medidas de tal y cual, más de 20 kilos. Me temo que aquí palmamos. Dos veces. 

e) Cabeza voluminosa, cuboide, robusta... Espera, ¿has dicho cuboide? ¿Hablamos de perros con cabeza de cubo? Mejillas musculosas. Eso sería de tanto reírse, no es el caso. Boca robusta, ancha y profunda. Creo que nunca he visto a un perro —bueno, ni humano— cuya boca no sea profunda. Esto es muy difícil. Lo ponemos con los posibles. 

f) Cuello ancho, robusto y corto. ¿Cómo de ancho? ¿Cómo de corto? Venga, otro posible. 

g) Pecho macizo, bla, bla, costillas arqueadas. Enhorabuena a aquellos que tengáis perros con las costillas en ángulo recto: os habéis librado. Lomo corto. ¿Cuánto es corto? Ufff, venga, otra posible. 

h) Extremidades anteriores paralelas. De nuevo, enhorabuena para los dueños con perros patizambos. Más robustez, cosas musculosas, etc. Me temo que mi musculómetro está estropeado. Patas formando un ángulo moderado. ¿Qué es un ángulo moderado? ¿10º? ¿15º? ¿π/2? Nada, de aquí tampoco sacamos nada. Otro que se va con los posibles. 

Recuento: 1 sí, 2 nos, 5 posibles. Vale, pues todo esto no me ha servido de nada. Sigo sin saber si mi perro es o no es potencialmente peligroso. Y parece que así me tendré que quedar. A no ser que algún día acabe en un tribunal de justicia y un juez interprete la ley mediante este mismo ejercicio sin posibilidad de poner nada en el montón de los posibles. Si algo así me ocurre, espero que el juez mida las cosas en radianes. 

No sé si le pasará a alguien más, pero a mí personalmente me sorprende enormemente que podamos tener leyes tan extremadamente vagas y ambiguas como esta. Que se determine quién se ve afectado por la norma en función de calificativos como poderoso, ágil, musculoso, atlético, valiente, corto, profundo, moderado, etc, nos sitúa en una terrible posición de inseguridad jurídica. No podemos saber si estamos o no violando la ley. Y recordad que eso no nos exime de su cumplimiento. 


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Atrápame Si Puedes

Ya nos lo mostraba el maestro Spilberg en Atrápame Si Puedes. Aunque lo hiciera con una pobre interpretación por parte de un pobre actor principal —puedo creerme muchas cosas, pero no una interpretación de DiCaprio—, pudimos saber de las aventuras del joven Frank Abagnale, y de cómo echándole mucho morro y un buen par de cojones consiguió defraudar un montón de pasta haciéndose pasar por piloto comercial, médico o abogado, entre otros. 

Dicen que el truco está en la autoridad. Nadie es capaz de cuestionar la legitimidad de un individuo vestido con uniforme de piloto. Nadie te pararía en el aeropuerto y te pediría tu acreditación a la hora de subirte a un avión. No con uniforme, y no en aquellos tiempos. Por suerte, hemos aprendido mucho. Hoy día es impensable que alguien se haga pasar por otra persona con un truco tan sencillo. Nos daríamos cuenta en seguida. Ya no somos tan crédulos. El mundo de hoy día es mucho más peligroso, y no estamos dispuestos a que nos la cuelen con tanta facilidad. 

¿Verdad?

Entre semana suelo levantarme temprano. Seis y media o siete. Salgo de casa para estar a las ocho y pico en la "oficina". Allí me tiro programando toda la mañana y toda la tarde, con apenas una parada de treinta o cuarenta minutos para comer. Sobre las siete llego a casa, y suelo ponerme a... programar. Después saca al perro, haz cosas en casa para que no te coma la mierda y, cuando te quieres dar cuenta, ya estás en la cama. Y vuelta a empezar. Los fines de semana son diferentes. Normalmente los dedico a otras distracciones, aunque raro es el sábado o domingo que no abra el portátil.

Pese a ello, no me considero una persona excepcionalmente trabajadora. Siempre trato de aprovechar mi tiempo, porque sé que es el recurso más escaso que tengo. Por eso escribo poco en este blog. Por eso escribo poco en Twitter. Por eso dedico poco tiempo a hacer que los demás conozcan lo que hago. Y esto es así por una razón muy sencilla: cada minuto dedicado a venderme a mí mismo, es un minuto menos dedicado a trabajar y a hacer cosas. Es una dicotomía: o haces o dices que haces. Así de sencillo. 

Si el joven Frank Abagnale hubiera vivido su veintena a día de hoy, no hay duda de que las cosas le hubieran ido de otra forma. De otra forma, sí, pero quizás no muy distinta. Es cierto que las autoridades son cada vez más celosas. Y, por mucho uniforme que vistiese, le habría costado lo suyo convencer a un empleado de banca de que le aceptase un falso cheque. Pero eso no significa que nuestra sociedad carezca de individuos dispuestos a ser engañados con técnicas no mucho más sofisticadas. 

Hoy día, Frank podría haber montado un par de startups, y haber invertido el 120% de su tiempo en hablar en Twitter y en la Abagnalista de lo cojonudas que son. O podría haber escrito un libro a los 18 años, contandole a todo el mundo lo cojonudo que es fundar empresas sin haber estudiado o trabajado en su vida. Podría haberse inventado una identidad, una imagen ajena. Una con mucha autoridad, como un uniforme de piloto. Algo que nadie cuestionase. Y podría dedicar la mayor parte de su tiempo a desarrollar esa imagen, a alimentar esa mentira. De esa forma y con escasos méritos tangibles, Frank puede reivindicar el papel de gurú del mundo digital y del emprendurismo. Habría cientos... qué digo cientos, ¡miles! Miles de personas dispuestas a aceptar esa mentira, a dejarse guiar. A desparramar su admiración ante el gran emprendedor de Internet o el último gran genio adolescente. 

Se trata de la misma dicotomía. ¿Te apuntas a un curso de Big Data en Coursera, o estudias un Master en Big Data en Standford? ¿Te apuntan a ti y a otros cientos a una lista de correo de la UE, o eres Consejero de la Vicepresidencia? ¿Ayudas a alguien a vender empanadas por Internet, o eres el Steve Jobs de la gastronomía gallega? O como alguien dijo en este mismo contexto: ¿hablar, y hablar, y hablar, y hablar, y hablar, y hablar... , o hacer? 

Ha pasado mucho tiempo. Pero Frank, a día de hoy, tendría su vida resuelta. Igual que ayer. 

martes, 22 de julio de 2014

El gusto por los errores

Me hablaba el otro día mi amigo y socio @gotoalberto de una frase lapidaria en las redes sociales. Una frase que decía algo así como:

  "Cuando un empleado hace un buen trabajo, le pagas el salario con gusto. Cuando lo hace mal, le despides con más gusto todavía"

Frase troll de libro. Es posible que su autor tan solo buscase eso, la provocación. Una larga lista de respuestas de internautas echando espuma por la boca y algún que otro insulto y/o mención a su progenitora. Aunque también es posible que no, que estuviese hablando en serio. Quizás se trata de un empresaurio —también de libro— diciendo simplemente lo que piensa. Centrémonos en esta segunda hipótesis y hagamos un ejercicio inusual en este tipo de situaciones: analizar por qué el autor de esta polémica frase está por completo equivocado. 

No es cierto. No es cierto que puedas sentir placer o gusto despidiendo a alguien. Y no me refiero al factor emocional, al hecho de que te enfrentes a la incómoda situación de privar a tu futuro ex-empleado de su salario, poniendo en peligro su sustento y el de su familia. La mayor parte de las personas —incluso algunos humanos— sentirían un pequeño nudo en la garganta si se viesen en ese papel, empatizando con el individuo y con su situación. Una tarea desagradable, sin duda, ante la cual solo un psicópata de tres pares de cojones podría sentir placer. Pero como decía, no me refiería a este factor emocional, no. El autor no está equivocado por eso. Esta equivocado porque, despedir a alguien, significa que te has equivocado. Y, no sé ustedes, pero yo no siento placer cuando me equivoco.

Sí, equivocado. Directa o indirectamente, pero equivocado al fin y al cabo. Si tienes a una persona no válida en tu empresa, es porque la has cagado. Esa persona no debería estar ahí, y si lo está es culpa tuya. Quizás engañó a tu departamento de RRHH, o a tí mismo. Pudo mentir en las entrevistas, inflar su currículum, u ocultar su aficción por tocarse las pelotas en horas de trabajo. O quizás no, y símplemente demostró estar alineado con una cultura de empresa que tú mismo has creado y que favorece prácticas y comportamientos que van en contra de tu negocio. Sea de una forma u otra, la has cagado. Esa persona no debería estar ahí, y ya sea por acción o por omisión, tú eres el último responsable. Ese despido es el resultado de tu error. Podrás enmendarlo poniendo al sujeto de patitas en la calle. Pero el daño que haya hecho al negocio, hecho está. Y desde luego eso no es motivo para alegrarse, sentir placer o realizar la tarea con gusto. 

Lo peor de todo esto, es que nuestro amigo empleador es posible que jamás haya pensado en ello. Podemos imaginarle en su despacho, enviando un correo electrónico al departamento de RRHH ordenando el despido, tras lo cual se recostará en su silla y disfrutará del momento. Ajeno a lo que realmente está ocurriendo. A que su empresa, en el mejor de los casos, no va todo lo bien que debería. Ajeno a que haya podido cometer un error. 

viernes, 18 de julio de 2014

No estamos locos

A finales del pasado mes de mayo, abandoné mi empleo en uno de los mejores sitios que hay para trabajar en España, si es que tienes el privilegio de ser desarrollador de software. Desde entonces, me dedico a tiempo completo a trabajar en mi propia startup (bueno, mía y de mis tres socios). Nos pasamos el día encerrados en un despacho de 6x3 metros a las afueras de Madrid, con el aire acondicionado a toda hostia y programando como cabrones. Cobramos menos de la mitad de lo que ganábamos en nuestros anteriores trabajos. Echamos muchas más horas, y sabemos que nuestro futuro dista de estar asegurado. Pero no obstante, ninguno de nosotros se arrepiente de haber tomado esta decisión.

Cuando le cuentas esto a la gente, la reacción suele ser siempre la misma. Vaya huevos le echas, dicen unos. Pero, ¿eso no es muy arriesgado?, te sueltan otros. En general todos te miran como si te hubieras vuelto loco. La mayor parte de las personas que conozco no descartan emprender. No lo descartan, porque para hacerlo hace falta que en algún momento se te haya pasado por la cabeza. Parece que exista un plan vital, un camino de rectitud en el cual las personas tenemos que ganarnos la vida trabajando por cuenta ajena. Hacer lo contrario significa salirse del camino. Y ya se sabe de los que se salen del camino: al final siempre terminan por perderse.

Y sí. Es posible que acabemos perdidos. Al fin y al cabo, la mayor parte de las startups no alcanzan sus objetivos. La mayoría de ellas mueren sin haber obtenido rentabilidad alguna. Y es probable que a nosotros nos suceda lo mismo. Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Nos hemos vuelto locos realmente?

Cada cual tendrá sus motivos. La gente suele intuir que lo que realmente haces es aferrarte a la remota posibilidad de hacerte de oro. Forrarte de pasta pegando el gran pelotazo. Pero, aunque por supuesto algo así estaría muy bien, esa no es ni de lejos mi principal ambición. En mi caso, yo siempre he creído que hay otra forma de hacer las cosas. Otra forma de profesionalismo, uno más honesto, más íntegro. Que se puede trabajar sin estar pendiente de lo que hace el de al lado, sin estar constantemente buscando a quién despellejar vivo para prosperar y seguir ascendiendo en la escalera del éxito corporativo. Creo que puede existir una empresa donde la gente cree en lo que hace. Donde lo vive. Donde lo disfruta. Donde las personas desarrollan sus sueños. Un lugar donde la gente trabaja para algo más que para pagar la hipoteca y las facturas.

Durante los últimos tres o cuatro años, he estado esperando y contribuyendo a que mi anterior compañía adoptase esta forma de profesionalismo. Y no sólo porque creo que esa es la forma de hacer las cosas, sino también por la convicción de que era la única manera posible de convertir una telco gigante en uno de los principales actores en Internet. En estos años, esta forma de entender las cosas ha hecho que me llevase más hostias de las que querría recordar. Hasta que al final perdí el aliento. Hasta que al final ya no quise continuar.

Tras estos años, tras todo lo que he visto, tengo las cosas más claras que nunca. Desde luego, si ese es el camino que los demás esperan que recorra, no dudaré en salirme del mismo en cuanto tenga la menor oportunidad. Sea lo que sea lo que nos depare el futuro, tengo la suerte de saber dónde no quiero estar. Quiero ser responsable de mis propios aciertos, tanto como lo seré de mis propios errores. No quiero que mi esfuerzo se eche a perder por culpa de personas que carecen de ambición, o que la única que tienen es el poder. Quiero desarrollar mi carrera en un ambiente sano, libre y justo. Y si para eso tengo que echarle huevos, trabajar más, ganar la mitad, y arriesgar mi estabilidad y mis ahorros, lo haré.

domingo, 11 de mayo de 2014

No pierdas ojo al ratón y al teclado

Me comenta un amigo una triste anécdota. Una de esas que dan ganas de escribir otra vez sobre lo mismo. La ineficiencia del mundo empresarial. Sí, otra vez. Sé que siempre estoy dando la murga con lo mismo, pero no os preocupéis. Se avecinan profundos cambios en mi vida profesional que quizás me alejen de este extraño mundo por un tiempo. Y entonces quizás me dé por escribir sobre otras cosas.

Me dice que está completamente indignado. Trabaja en una gran empresa del mundo de la tecnología, desarrollando software y diseñando complejos algorítmicos de inteligencia artificial. El otro día acude al servicio de soporte informático de su empresa a pedir material: un adaptador VGA para su portátil. La respuesta le deja de piedra. "No te podemos dar un adaptador VGA —le dicen— porque ya te dimos uno DVI. Si quieres el adaptador, tendrás que hablar con tu jefe y cargarlo a vuestro proyecto".

Y con esta simpleza de miras, zanjan el problema.

Porque claro, lo que no puede ser, no puede ser. ¿Qué es eso de pedir un segundo adaptador para el portátil? Seguro que ni lo necesita. Seguro que lo quiere para llevárselo a casa y enchufar su ordenador a la TV para ver películas. O peor aún. Igual lo quiere para montarse un chalet de lujo en primera línea de playa. Con casino. Y furcias. No, no, no. Además, no podemos gastar el presupuesto en caprichitos tontos. Te apañas con el adaptador DVI, y si no, no haberlo pedido. Que se empieza con mierdas de estas y al final esto acaba como El Chocho de la Bernarda.

Por supuesto, existe una segunda interpretación. Una que quizás no esté al alcance de todos. Quizás podríamos pensar que el chaval pide un adaptador porque lo necesita para trabajar. Quizás podríamos imaginar que, de negárselo, su productividad podría verse mermada. Imaginemos una reunión en la que el chico tenga que proyectar una presentación. Imaginemos los 15 o 20 minutos tratando de hacer que el adaptador DVI funcione con un proyector que no esté preparado para ello. Y contemos, contemos. 15 o 20 minutos de salario de mi amigo, más otros 15 o 20 minutos por cada asistente. Cientos —sino miles— de euros tirados por el retrete por no querer comprar un puto adaptador que vale 10 euros.

También podríamos pensar que las personas que trabajan en tu empresa son responsables. Que si piden un adaptador, es porque lo necesitan. Confianza, creo que se llama. Confiar en la profesionalidad de tu propia gente. Algo que debería ser un principio fundamental en toda organización que pretenda ser mínimamente eficiente. Si realmente no confías en tus trabajadores ni siquiera para algo tan básico como pedir un adaptador VGA, lo mejor que puedes hacer es echarlos a todos a la puta calle y sacar el trabajo tú solito.

"Pues esto no es nada —me dice mi amigo—. En mi anterior empresa, la cosa era todavía más grave. En una ocasión mi jefe me dijo que no perdiera ojo al ratón y al teclado, porque se cargaban al proyecto y los propios compañeros de otras áreas solían robarlos para ahorrarse la inversión".

Y entonces caes en la cuenta. Te acuerdas de tu propio compañero de mesa, que se encontró un lunes cualquiera con que alguien se había llevado el adaptador VGA que estaba conectado a su monitor. Y recuerdas que ambos pensasteis que el hurtador se lo habría llevado a su casa. Para enchufar su ordenador a la TV para ver películas. Con casino. Y furcias. Y es entonces cuando te da por pensar que, quizás, el adaptador no ha salido de la oficina. Quizás está en manos de alguien que solicitó uno al equipo de soporte y le denegaron la solicitud. Alguien que intenta ser más productivo, a pesar de su propia empresa.



viernes, 25 de abril de 2014

Los hacedores y los reunidores

A menudo lo he comentado con diferentes personas. Es tremendamente sorprendente abrir el grifo y ver cómo fluye el agua potable. O descolgar el teléfono, marcar, y escuchar la voz de otra persona a kilómetros de distancia. Y no, no me refiero al milagro tecnológico que hay detrás. Mi sorpresa no responde a que en pleno siglo XXI podamos disfrutar de este tipo de avances sin duda inimaginables en épocas pasadas. Lo que me sorprende profundamente es, viendo cómo funcionan las grandes empresas, que cualquiera de esas cosas funcione —prácticamente— todo el tiempo.

No soy un gran orador. Y la expresividad no es una de mis cualidades. Creo que el siguiente corto podría comunicar mucho mejor que yo de dónde proviene esta sorpresa. Aunque se trate de una parodia, y como tal lleve las cosas al extremo, es una manifestación muy clara de lo que ocurre en tantas y tantas organizaciones. Si aún no lo has visto, te aseguro que serán siete minutos y treinta y cuatro segundos muy bien empleados (dispone de subtítulos si los necesitas).




Por el momento, obviemos el hecho de que, en la situación escenificada en este corto, cuatro de las cinco personas reunidas no tienen ni puta idea de lo que están hablando. Quizás más dramático que eso —aunque relacionado— es el hecho de que la mayoría de ellos no están aportando prácticamente ningún valor al negocio.

Y esta es una triste realidad que, por complicidad evidente, pocas personas estarían dispuestas a admitir. Que la mayoría de las personas en las grandes empresas, simple y llanamente... sobra. Que en nuestras oficinas hay centenares de personas que no hacen más que marear la perdiz, en lugar de producir trabajo útil.

Tengo un amigo que lo simplifica con mucha elegancia. Tiene su propia versión de la Ley de Putt, aquella que formula:

   "El mundo de la tecnología lo dominan dos tipos de personas: aquellas que comprenden lo que no dirigen y aquellas que dirigen lo que no comprenden."

Sólo que mi amigo utiliza una terminología mucho más clara. Según él, estos dos tipos se clasifican bajo dos términos: los hacedores y los reunidores, respectivamente. Los primeros son los que producen trabajo útil que contribuye al éxito del negocio. Los segundos, los que dedican sus cuarenta horas semanales a reunirse, escribir PPTs, elaborar o solicitar informes que son incapaces de interpretar, participar en procesos de toma de decisiones completamente desinformados, responder correos insustanciales, vigilar lo que hace el de al lado, cultivar el politiqueo, etc, etc. En resumen, invertir energía y recursos en actividades que prácticamente no aportan —o incluso restan— valor al negocio.

Porque no nos engañemos: un reunidor no es un líder. Aunque en ocasiones resulte difícil diferenciarlos. Un líder es aquel que tiene claro el rumbo. Aquel que sabe cuál es el objetivo y cómo alcanzarlo. Aquel que tiene una visión acerca de cómo realizar la estrategia de la empresa. Un líder, sin lugar a dudas, comprende lo que dirige. Comprende que las líneas rojas no pueden trazarse con tinta verde. Como comprende qué es lo que necesita el cliente, incluso cuando este no lo sabe. Un líder toma decisiones en base a la realidad que sí comprende. Si ninguna de estas cosas es atribuible a un sujeto con responsabilidades gestión, no estamos hablando de un líder. Estamos hablando de un reunidor.

Algo también habitual es considerar que un reunidor debe ser un jefe. Ni por asomo. Para ser un reunidor, basta con dirigir recursos sin comprender cómo emplearlos para generar valor. Estos pueden ser personas a su cargo, sí. Pero también pueden ser otras empresas subcontratadas, al servicio de un individuo sin subordinados que no sabe diferenciar una línea de un gatito.

Los reunidores. La representante del cliente, que con mucha elocuencia emplea frases vacías para describir el (des)propósito de un proyecto que ni siquiera entiende. Justine, la Especialista en Diseño oligofrénica encargada de supervisar —desde la absoluta incompetencia— los resultados técnicos del proveedor de servicios. Walter, el jefe de proyecto lameculos que supervisa al Experto, y que sólo está ahí para garantizar que se hagan todas las falsas promesas que el cliente quiere oír. El jefe de este, que a su vez supervisa la supervisión para asegurar que la oferta de su compañía satisface al cliente con compromisos imposibles de cumplir.

De las cinco personas reunidas, cuatro son reunidores. De las cinco personas reunidas, cuatro sobran.

Y no. No sobran porque no sepan hacer bien su trabajo. Sobran porque la naturaleza de sus roles no es necesaria dentro de la organización. Como ya he mencionado varias veces —y vuelvo a recalcar—, lo verdaderamente dramático es que los reunidores generan trabajo sin aportar valor. Si representásemos el negocio como un número real, los reunidores serían números complejos. En ocasiones proyectando algo de valor en la recta real. En ocasiones restándoselo. Siempre proyectando esfuerzo en el plano imaginario. Esfuerzo que la empresa no puede recuperar.

Quizás estés pensando que exagero. Que una situación así no puede darse. Que no puede haber personas que, consciente o inconscientemente, se especialicen en labores que carecen de valor. Que todos aportan, ya sea mucho o poco, su granito de arena en el espacio de los números reales. ¿Y si te dijera que no sólo esto es posible sino que es inevitable?

Imaginemos por un momento a estos reunidores en el inicio de sus carreras profesionales. Su primer empleo tras salir de la universidad. Resulta que en esa primera empresa hay mucho hacedor. Están todo el día hablando de cosas raras, cosas que nuestro reunidor recién salido del cascarón no entiende. Que si líneas rojas por aquí. Que si líneas perpendiculares por allá. Todo muy complicado. De alguna forma, nuestro reunidor empieza a descubrir que por mucho que se esfuerce, nunca será un buen hacedor. Lo suyo no es la geometría, como no lo es ninguna otra disciplina técnica. Pero como todo hijo de vecino, su ambición es prosperar. Consciente o inconscientemente, nuestro reunidor comenzará a orientar su carrera profesional alejándose lo más posible de la técnica. Y, por supuesto, descubre que no es el único. Hay otros como él, que en lugar de preocuparse por la geometría cultivan otro tipo de artes. Comienza a imitar algunas de sus pautas de comportamiento, sabiendo que esa es su única oportunidad de triunfar. Traje, corbata, elocuencia, anglicismos, frases vacías, adulación, servilismo. Y, con el tiempo, descubre que eso sí se le da bien. Además, ¿qué coño? Al fin y al cabo, el cotarro lo dirigen estos últimos. Abultados salarios, generosos bonus, tarjetas de crédito de empresa, plazas de garaje, grandes despachos. ¿Quién no querría eso? Nuestro reunidor lo tiene claro. Se prepara para dedicar el resto de su vida profesional a dirigir lo que no entiende.


Pero volvamos al principio de todo esto, a nuestro grifo de agua y nuestro teléfono. Imagina por un momento una situación similar —por supuesto, menos esperpéntica— en tu compañía de aguas o en tu compañía telefónica. La jefa, el jefe, Justine, Walter, discutiendo acerca de qué técnica van a implantar para purificar el agua que te suministran o para ampliar la red de comunicaciones que llega hasta tu domicilio. Imagínatelo. Acojona, ¿verdad?

Seguro que a partir de ahora, cuando abras el grifo y veas correr el agua clara y limpia, o descuelgues el teléfono y oigas el tono de la línea, no podrás evitar, aunque sea en parte, sentirte sorprendido.

miércoles, 16 de abril de 2014

Ruido de fondo

Miércoles 16 de abril. 11:07 de la mañana de la víspera de Jueves Santo. La oficina está casi desierta, tres desarrolladores en una esquina y, un poco más allá, un par de ingenieros de despliegue unidos en una misma audioconferencia con el resto de su equipo. Conversación irrelevante, que se convierte en ruido de fondo mientras uno le da vuelvas al código. Sin duda es mejor así, es la única forma de poder concentrarse. De mantener el "flow".

La audioconferencia termina. Uno de los ingenieros de despliegue se levanta y se dirije a su compañero.

— ¡Macho! Lo de Ana no me lo esperaba. ¡Si esta lleva aquí toda la vida!

En ese momento, la conversación deja de ser ruido de fondo. En seguida me doy cuenta de quién es la tal Ana. La noticia ya me había llegado por otro lado. Ana, una compañera con efectivamente unos cuantos años dedicados a la compañía, se marcha. Deja la empresa. Ha encontrado un buen puesto en Estados Unidos, dicen.

— ¡Recuerdo que yo allá por 2006 o 2007 trabajaba con ella! Estábamos en un proyecto...

Y empiezan las batallitas del Abuelo Cebolleta. La conversación vuelve a convertirse en ruido de fondo. Pero ya he perdido el "flow". Dedico unos segundos a pensarlo, y sin buscarlo descubro una idea desagradable.

¿Por qué resulta tan raro que Ana se marche? Sin duda para este tío lo es. Y es más que probable que para tantos otros también lo sea. ¿Acaso es tan sorprendente que una persona abandone su empresa en España para iniciar una nueva carrera profesional en el mayor productor de software del mundo? ¡Qué cojones! ¿Acaso hay algún motivo razonable para no hacerlo?

Hace bien poco un amigo me contó la anécdota de la primera vez que Maxwell tuvo que explicar el electromagnetismo a un periodista. El amigo James se encontró —como diría el bueno de Sam Gamyi— en un brete. Por lo visto el entrevistador, lo más parecido a un reportero de Sálvame de la época, le insistía una y otra vez acerca de lo absurdo de sus ideas, exigiendole que ofreciese una explicación convincente. El amigo Maxwell, que tonto no era, sabía que era una labor inútil: los conocimientos sobre ciencia y matemáticas que necesitaba el energúmeno de su entrevistador eran del todo insuficientes para ofrecer una explicación convincente en menos de un mes. Y no porque sus famosas ecuaciones no se pudiesen resumir, no. Sino porque ese Jorge Javier Vázquez del siglo XIX se encontraba en un estadio de conocimiento en el cual cualquier explicación, por muy simplificada que fuese, resultaría inverosímil.

¿Y qué tiene que ver el señor Maxwell con todo esto?

A menudo los seres humanos no comprendemos la actitud de nuestros semejantes por encontrarnos en estadios muy alejados. Para una persona que, cuando del puesto de trabajo se refiere, valora muy por encima de todas las cosas el salario y la estabilidad, es una verdadera locura dejar tu puesto de generoso salario y con más de diez años de antiguedad. Punto. Cualquier otra consideración, como por ejemplo marcharse a la Meca de Internet y contribuir a crear el futuro, desaparece por el sumidero de la irrelevancia. Acaba formando parte de su ruido de fondo particular, aislado de lo realmente importante: la duda de por qué alguien que lleva aquí toda la vida puede querer marcharse.

domingo, 9 de septiembre de 2012

¡Métase usted el traje por el puto culo!

Uno de los aspectos más curiosos del sector de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) —o para que nos entendamos: el gremio de los informáticos y el de los telecos que trabajan de informáticos— es el uso del traje y corbata como indumentaria de trabajo. A este respecto, existen  en el gremio dos grandes grupos de opinión: los que lo odian y consiguen evitarlo y los que lo odian y no les quedan más cojones. Realmente existe un tercero: los que lo aprecian tanto para obligar a los demás a llevarlo. Pero este último queda excluido del sector TIC ya que sus miembros apenas saben qué es un ordenador y para qué se utiliza. 

Hace poco leí alguna referencia sobre el tema en Twitter que me llamó la atención. Un ciudadano cualquiera de la Red comentaba cómo mandaría a tomar por el mismísimo culo a su interlocutor si en una entrevista de trabajo le dijeran que el traje es imprescindible. Conozco a no pocas personas —entre las que me incluyo— que tendrían una reacción similar —yo quizás no invitaría a nadie a sodomizarse, pero sí rechazaría el empleo sin dudarlo—, y creo que es interesante comentar los motivos —al menos los míos—. 

Existen al menos dos buenas razones para negarse a vestir de traje. La primera y más importante, es el motivo en sí por el que tu empleador te solicita dicha indumentaria. En general —en el 99.9% de los casos— se debe a que la empresa trata de proyectar una imagen de seriedad y profesionalidad a través de su plantilla —el 0.1% restante es sólo por joder—. Eso es algo poco o nada reprochable —lo del 99.9%, se entiende—. De hecho, yo diría incluso que es un requisito imprescindible para que cualquier empresa pueda funcionar. El problema es pensar que un traje puede convertir a cualquier persona en un profesional serio, responsable y dedicado.

Hace unos meses asistí a una boda de unos amigos. Una boda informal, de esas en las que se puede acudir en vaqueros. Allí me encontré con un coleguilla del círculo que no veía desde hacía algún tiempo. Todos los que le conocíamos sabíamos de él: cocainómano desde hace un tiempo, malvive conduciendo un taxi, con una vida personal lo suficientemente desordenada como para inspirar una película de Almodovar. No había cambiado, seguía siendo el mismo pieza de siempre. Sólo que esta vez no llevaba sus vaqueros negros y su sudadera de Iron Maiden. Esta vez vestía traje y corbata.

Y es que el hábito no hace al monje. Cualquier Accenture puede coger a un chaval recién salido de la carrera, de esos que se pasaban cada clase mirando el reloj, deseando estar en cualquier otro lugar. De esos a los que se les "atragantó" Metodología de la Programación de primer curso y tardaron seis convocatorias en aprobarla. Pueden cogerle, vestirle de traje y corbata —el chaval usará uno de su padre, con las mangas por las falanges—, pagarle 900€ al mes —más cheques restaurante—, y enviarlo a Renfe como desarrollador senior especialista en JavaEE. Y no, no es cuestión de edad. También pueden mandar al matao que lleva 15 años de experiencia rellenando hojas de cálculo y powerpoints, y venderlo como arquitecto de solución para que te cuente que los productos de su empresa implementan XML 2.0 —caso verídico—. Al fin y al cabo, nadie podrá cuestionar la seriedad y profesionalidad de ninguno de los dos. ¿Por qué —cojones— no? Porque ambos visten traje y corbata.

Seriedad y profesionalidad. Objetivos muy loables a través de un medio realmente estúpido. Cualquier persona puede ponerse un traje. Ya sea un premio Turing o un cocainómano.  Y ninguno de los dos será ni más serio ni más profesional ni más listo por hacerlo. La verdadera fórmula para que una empresa de servicios TIC sea seria y profesional es contar con la plantilla adecuada. Disponer de verdaderos expertos en todas y cada una de las disciplinas en que se basa su negocio. Cuando das con profesionales realmente serios, lo sabes desde el primero momento. Mayormente porque estos no suelen vestir con traje y corbata. En sus empresas conocen el valor de su gente, y por tanto no necesitan maquillar la realidad. No tratan de demostrar nada con una falsa imagen, sino con hechos. Y en cuanto abren la boca y empiezan a hacer su trabajo, te das cuenta de que no te equivocabas. 

Dicho todo esto, es más que normal que más de uno tenga tentación de mandar a tomar por el ojete a cualquier empleador que le sugiera lo del traje y la corbata. No sugieren una forma de vestir, sino una carrera profesional que consiste en aparentar ser algo que no eres. 

Este es el primer y principal motivo. Pero existe al menos otro, menos relevante y más difícil de comprender para quienes no ejerzan —o la ejerzan pero no la disfruten— la profesión: la creatividad. Desarrollar tecnología es una labor creativa e intelectualmente muy exigente. Somos muchos los que creemos que desarrollar software es una forma de arte. Y por tanto, necesitamos de un entorno que favorezca la creatividad para ser totalmente productivos. Necesitamos oficinas agradables, con una cuidada decoración que relaje los sentidos y estimule la creación, con entornos de trabajo que favorezcan el intercambio de ideas. Y desde luego, ir enfundado en un traje con una corbata alrededor del cuello no juega a nuestro favor. Dudo que nadie imagine a un escultor, un novelista o un compositor musical trabajando vestidos como un diputado. Y el caso de un tecnólogo no es distinto. Esto no lo entiende todo el mundo, y de nuevo toda empresa con sus oficinas en parques tecnológicos rodeados de asfalto y descampado, sin apenas iluminación natural, de paredes grises y monótonas, mobiliario de hace treinta años y sin una mísera planta lo ponen sobradamente de manifiesto. Les importa una puta mierda el entorno creativo, así que enfúndate en el traje y ya te estás poniendo a vender humo. 

En resumen, quien te pide vestirte como un ministro para picar código no te está ofreciendo una gran carrera como tecnólogo. Te está ofreciendo una empresa mediocre, que se gana la vida estafando —legalmente— a sus clientes —los cuales, por otro lado, se dejan estafar—. Hay personas que tenemos otros planes para nuestro futuro profesional. Personas que disfrutamos creando tecnología, y que sentimos verdadera pasión por lo que hacemos. Para cualquiera de nosotros, resulta impensable ganarse la vida bajo esas condiciones, así que... ¡qué coño! ¡Métase usted el traje por el puto culo!

lunes, 18 de junio de 2012

Cuando creías que no se puede ser más imbécil

...siempre aparece alguien para demostrarte que estabas equivocado.

De vez en cuando te encuentras a algún kamikaze en la carretera. No me refiero a las personas que, pobres ellas, están ya hasta la polla de todo y de todos y deciden quitarse la vida conduciendo en dirección opuesta al tráfico. Ni tampoco me refiero a los comeculos que circulan a 150 KM/h, quienes sólo conocen el carril del medio como el cacho ese de autopista que se usa para adelantar por la derecha. No, me refiero a esos tipos que conducen realizando verdaderas maniobras de especialista. De los que te hacen sentir que te has metido en el rodaje de la cuarta entrega de la saga Bourne. 

Por ejemplo, el otro día conducía por la M-506 a la altura de Loranca, y vi a un pollo echarse al carril derecho para adelantar a unos 150 KM/h. Al no encontrar hueco entre los coches que circulaban a más o menos la mitad de velocidad que él, decidió aprovechar el carril de deceleración que se abría a su derecha para adelantar, saliendo y volviendo a incorporarse de nuevo adelantando a un coche en un tramo de menos de 15 metros. Cuando veas un pivote de esos verdes que delimitan los carriles de deceleración arrancado de cuajo, no te preguntes cómo ha podido suceder: fue el gilipollas del deportivo negro. 

Estas personas te hacen pensar dónde estará la Benemérita cuando se la necesita. Bueno, realmente no lo piensas, sabes perfectamente dónde están: en esa vía de servicio donde nunca pasa nada, radar en mano jugando a los médicos. Sí, a los médicos. Vamos, poniendo recetas a todo el que pase por allí. Pero eso, amigos, es otra historia. 

El caso es que, como iba diciendo, hay gente demasiado gilipollas. Demasiado gilipollas para entender que conduciendo así lo único que conseguirá será meternos en el puto libro Guinness de los records cuando el amasijo de hierros que solía conducir provoque el atasco más largo de la historia. O peor aún, que desparrame los sesos por el asfalto y le joda la vida a todas las personas que le quieren. De un extremo al otro, tenemos un fascinante espectro de putadas de lo más variado. Pero no, son demasiado gilipollas para darse cuenta. Pero al fin y al cabo, tanta gilipollez es algo que uno tiene asumido. Hasta hoy. 

Vas conduciendo, y tienes uno de estos fantásticos episodios. Otro más. Bueno, respiras hondo, te cagas en su puta madre, y sigues conduciendo. Al rato, el suceso vuelve a repetirse. ¡Dos gilipollas en menos de cinco minutos! Bueno, será que hoy es el Día Internacional del Retraso Mental en Carretera. Sigues conduciendo. No han pasado diez minutos y... ¡otro más! ¿Pero qué coño está pasando?

De repente, tienes una revelación. Caes en la cuenta. Ese dato que estaba ahí pero que no se te ocurrió meter en la ecuación. Miras el reloj del coche: las 20:35 minutos. Las 20:35 minutos del 18 de junio de 2012. En diez minutos España juega un partido de Eurocopa. 

Un partido. Un puto partido de fútbol. Uno ya acepta que la gente es capaz de anteponer el fútbol a muchísimas cosas. Que a la gente le suda la polla si Angela Merkel nos está metiendo la polla por el culo, si no queda un jodido político honrado en todo el país, si el sistema educativo se cae a pedazos, o si hemos perdido los pocos valores que nos quedaban. Nada de eso importa mientras haya partido de liga. Panem et circenses. Pero lo que jamás podría uno haber imaginado, ni en sus más oscuros sueños, es que la gente fuera tan gilipollas de jugarse su vida, y la de los demás, por llegar a tiempo a casa para ver un partido de fútbol. Un puto partido de fútbol

Solo espero que la selección gane el partido de esta noche. Así alguno de esos cientos de gilipollas en toda España que habrá hecho la misma proeza pero con menos suerte que el resto
podrá irse a la tumba satisfecho.

martes, 20 de marzo de 2012

Me ha fallado usted por última vez

La flota estelar imperial viaja a toda hostia por el hiperespacio en dirección al sistema Hoth. Por fin, después de mucho tiempo buscando, han dado con el paradero de la base rebelde oculta: un jodido cubito de hielo donde sólo habita una especie de Yeti al que le falta medio brazo. Normal que no les encontráramos. ¿A quién coño se le ocurre instalar una base en un sitio como ese? Con la de parcelas ajardinadas tiradas de precio que se venden en la séptima luna de Endor. Bueno, es igual. Pues vamos para allá echando hostias. Tras un ratejo viajando, Vader nota como la nave frena al salir del hiperespacio —porque esas cosas se tienen que notar, digo yo— y, acto seguido, entra en su despacho uno de sus oficiales. 


—Hemos salido del hiperespacio, Lord Vader —le dice el general Veers—, y parece que los rebeldes nos han descubierto. 


—¡No me joda usted, Veers! —le responde Vader— ¿Por qué coño hemos salido del hiperespacio tan cerca del sistema? 


Veers traga saliva, nervioso. 


—Ha sido cosa del Almirante Ozzel —se excusa el general. 


—¡Me cago en su gran p...! —grita Vader lleno de furia— Bueno, es igual. Id preparando los AT-AT, y esta vez no olvidéis ponerles el collar de pinchos. 


Acto seguido, Vader se gira hacia la pantalla de su computador y abre el Skype. Al rato, aparece la imagen del Almirante Ozzel haciendo como que trabaja. 


—Lord Vader —empieza a excusarse—, acabamos de salir de la velocidad luz...


No llega a terminar la frase. Vader se deja llevar por toda su mala hostia, saca a relucir sus dotes telequinéticos, y comienza a estrangular la traquea del sujeto hasta producirle a la muerte. 


—Me ha fallado usted por última vez, almirante —sentencia Lord Vader mientras su subordinado muere entre horribles gorgoteos.


Un tanto de metraje más tarde, le llega el turno al capitan Needa cuando acude a disculparse por perder de vista al Halcón Milenario.

—Disculpa aceptada, capitan Needa —pero de aceptada nada; el pollo muere igualmente tratando desesperadamente de respirar. 


Inquietante, ¿verdad? Vaya mala follada que tiene el amigo, pensarían algunos —o todos—. Se cumple una vez más el estereotipo de malo malísimo hollywoodiense. Vale que los chavales la cagaran un par de veces, pero tampoco es para ponerse así, ¿no? 


¿Seguro? ¿Seguro que no es para ponerse así?


Ambas cagadas son —irónicamente— de película. Por culpa del Almirante Ozzel, los rebeldes tienen tiempo de reaccionar y preparar una evacuación que les salva el culo.   La gracia le cuesta al imperio cepillarse a casi toda la Alianza Rebelde y capturar al listillo que se cargó la Estrella de la Muerte antes de que se vaya de rositas. Por otro lado, el Capitán Needa pierde de vista una nave de 26.7 metros de longitud —increíble las chorradas que te encuentras en la Wikipedia— que realmente llevaba pegada como una lapa en el exterior del casco de su propio destructor estelar —¿es que no tiene periscopio o qué?—.  Vamos, un par de fallitos tontos. 


Ahora pensemos que no se trata de una película de ciencia-ficción, sino de la realidad del día a día en las empresas en las que trabajamos. ¿Seguro que no es para ponerse así? Imaginemos que el Almirante Ozzel y el Capitán Needa son un par de cargos intermedios en la empresa en la que trabajamos. Resulta que su incompetencia, ineptitud, incapacidad, mediocridad, etc —llámalo X, pero llámalo— arruina el esfuerzo de muchas personas y acaba con el buen trabajo de todo su equipo. ¿Sigue sin ser suficiente para ponerse así? Bueno, entonces imagina que se trata de tu propia empresa, y que estos dos pollos te han hecho perder un par de centenares de miles de euros. ¿Ahora sí lo ves? 


Cagadas como las de estos dos individuos ocurren por manojos todos los días. Las estructuras de las empresas —especialmente las grandes— favorecen —y aquí estoy generalizando— que los cargos intermedios sean ocupados por personas que están muy lejos de ser las más preparadas y competentes para desarrollar el cargo. No voy a contaros cosas como el Principio de Dilbert o el Principio de Peter, que sin duda tienen mucho que ver en esto. Tampoco entraremos en detalle en cómo las habilidades para sobrevivir en la empresa suelen triunfar sobre la diligencia y el buen hacer —que parezca que eres bueno puede ser más fácil y relevante que serlo— y, cómo eso combinado con la tendencia que todos tenemos a rodearnos de personas con perfiles similares al nuestro derivan en jerarquías endogámicas formadas por individuos mediocres. 


Sin entrar en detalle, insisto, lo que hace Lord Dark Vader es proteger su negocio —o su gestión— de la incompetencia de aquellos que han tomado decisiones nefastas, demostrando que el cargo les queda grande. Y no es el único caso de ejemplo. En estos días en los que la figura de Steve Jobs está muy presente, no debemos olvidar que Apple ha logrado alcanzar muchos de sus objetivos gracias a unos criterios de excelencia que muchos considerarían —y consideran— tiránicos. Si Steve Jobs no hubiera dispuesto de los mejores profesionales en todos y cada uno de los campos que intervienen en el desarrollo de sus cacharros, no tendríamos iPhones, ni Macbooks, ni iMacs, ni ninguno de esos aparatejos que tanta importancia le dan hasta al más mínimo detalle dejándonos boquiabiertos. Jobs lo logró deshaciéndose de todos aquellos que no daban la talla, en su caso —afortunadamente— sin que la sangre llegara al río —aunque bien es cierto que las formas con las que acostumbraba a despedir a sus subordinados podría habérselas ahorrado—. Se rodeó de los mejores. Y lo consiguió. 


En fin. Sólo me queda soñar con el día en que uno de tantos gerentes de mi empresa entre en el despacho de su director y se siente con cara de preocupación en la silla. Entonces, su director le espetará con voz grave:


— Me ha fallado usted por última vez. 

lunes, 12 de marzo de 2012

El Literato

Por razones que no vienen al caso, recientemente recordé uno de los momentos más cómicos que me ha regalado RNE. Ironías de la vida, no se trató de un espacio cómico —aunque confieso que Garrido, Wyoming y Juan Luis Cano los jueves por la tarde es para partirse la caja—, sino de una entrevista a nada más y nada menos que Roberto Iniesta, más conocido como El Robe. Sí, ese señor que nos vomitaba lo más oscuro de su alma a través de la voz de Extremoduro. Con la venia de RTVE, os pego el fragmento de la entrevista.



Si has escuchado el fragmento entero, igual te estás preguntando: ¿dónde está la gracia? Si es así, será mejor que no sigas leyendo. Creo que ya le caigo mal a suficiente gente. 

Este señor fue un ídolo para muchos jóvenes españoles que disfrutaron de su adolescencia durante los años noventa. Hace unos pocos años, leí una entrada en un blog que no he sido capaz de encontrar. En ella su autor, el cual se declaraba fan de Extremoduro, reconocía que aquella música no era precisamente una de las mayores obras artísticas que habían caído en sus manos. Si no recuerdo mal, lo calificaba de música caca-culo-pedo-pis, en referencia a la gran popularidad que alcanzaron esas melodías simplonas cargadas de "mierda", "puta", "joder", etc, culminando en títulos como Iros Todos a Tomar Por Culo. Aquel autor relacionaba el éxito del grupo con el hecho de que fueran pioneros en el uso de un lenguaje malsonante que, hasta entonces, nadie se había atrevido a emplear. Desde luego ha habido otras muchas bandas que han ido mucho más lejos, pero es posible que Extremoduro fuera de las primeras. El autor recordaba cómo aquellas cintas se pasaban de mano en mano con el caca-culo-pedo-pis como principal atractivo. Imagino que para él y sus amigos sería algo del estilo de la primera revista porno.

Ya he entrado a valorar la calidad artística de su música, y con ello habré conseguido cabrear a casi toda mi generación. Pero no escribo por eso, no. Por encima de la faceta musical de este señor, me parece más digna de comentar su faceta de escritor. Para cualquiera que sea capaz de dejar a un lado, aunque sea por un momento, la nostalgia por su época adolescente, habrá detalles que no habrán pasado desapercibidos. Pero aún así, me parece digno destacar lo siguiente:

  • Esa voz. Este señor —se rumorea— tuvo sus más y sus menos con las drogas, el alcohol y la mala vida. Cuando uno escucha una entrevista radiofónica a un escritor —persona humana que ha escrito un libro—, supongo que lo último que espera es escuchar una voz que recuerda al personaje de Coke en La que se Avecina. Pero sí, señores. Es realmente difícil dejar de imaginárselo con el teléfono en una mano y la litrona en la otra —por no hablar del porro encima de la mesa— mientras nos habla de su libro. 
  • Momento confesión: "me tiré muchos años sin leer nada". Cualquiera pensaría que, para escribir un libro, es condición necesaria haber leído. Pero parece que no es así. 
  • Momento formación. "Has estudiado gramática y latín". Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero eso suena a "has tenido que aprender a construir frases tú solito". Joder, Garrido, ¡cómo te pasas! Menos mal que El Robe está aquí para aclarárnoslo todo: nos responde con una disertación acerca de coger soltura escribiendo y conseguir que la gente comprenda lo que quieres transmitirles. Eh... mejor vamos con la siguiente pregunta.
  • Momento "si quieres saber de qué va el libro, cómpralo". Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero da la sensación de que Garrido tiene instrucciones muy precisas de no preguntar por la temática del libro. Viniendo de un señor que —con sus santos cojones— fue capaz de detener un concierto porque había personas que estaban viendo el espectáculo desde fuera del recinto sin pagar entrada, no sería de extrañar. Igual piensa que, si sabemos de qué va el libro, no querremos comprarlo. 
  • Momento "¿ein?". Tras una —complicada— retórica por parte de Garrido acerca del  público objetivo de la novela, llega el momento de responder. Se hace un silencio incómodo de unos pocos segundos, roto por la voz temblorosa de nuestro escritor y un montón de frases con las fórmulas como "no sé..." o "sí bueno...".
  • Momento técnica. Kallene se interesa por la técnica literaria empleada para desarrollar el hilo conductor. ¿Respuesta? Pues mi propia técnica. Tronco, que yo soy el puto amo —bueno, esto último no llega a decirlo aunque parece pensarlo—.
  • Momento currante. Garrido suelta, "Robe, ¡a ver si ahora te va a dar por trabajar!". Respuesta: "¡Eh! ¡Que ahora yo ya no soy un gandul, hombre!". Vaya, yo que le imaginaba doce horas diarias encerrado en una biblioteca. Por cierto, esa voz... ¿seguro que no es Coke?
  • Momento literato. Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero yo pondría la mano en el fuego a que cuando Garrido le llama "literato", este señor no tiene ni idea de qué significa esa palabra. Se va por los Cerros de Úbeda, soltando no sé qué rollo sobre premios al más tonto —de verdad que no puedo dejar de descojonarme recordando esta parte—. Cualquiera pensaría que, para escribir un libro, es condición necesaria tener un mínimo de léxico. Pero parece que no es así. 
  • Momento "¡ay, qué mono!". En un momento dado, Garrido y Kallene pasan del contenido al continente, empezando a discutir lo bonita que es la edición y lo maravillosas que son las ilustraciones. A esas alturas la cosa ya es delirante. Parece que están entrevistando a un chaval de diez años que ha ganado un premio —no, al más tonto no— al mejor trabajo de literatura de su colegio. Uno empieza a plantearse si Garrido y Kallene no están tratando de quedarse con él. Parece que se oyen risas de fondo. No, no son risas. ¿O sí? 
  • Momento autocrítica del libro. Esa frase aplastante de "yo no he querido que el argumento fuera demasiado importante". Ahí. Con dos cojones. ¿Quién le da importancia al argumento de un libro? ¡Minucias! ¡Minucias! Donde estén unas buenas ilustraciones...

Y la entrevista termina tras casi quince minutos intensos, pero agradables. 


Bueno, Robe. Mis disculpas por una crítica tan ácida, casi cruel. Realmente, tú no tienes —toda— la culpa. Al fin y al cabo, eres un músico de punk-rock. No tienes por qué saber hablar en público, ni haber leído un libro en tu vida, ni tener el léxico de un académico, ni saber escribir. Muchas personas maravillosas tampoco cumplen tales requisitos. Otras, menos maravillosas —como yo—, tampoco lo logramos. Claro que ni a unos ni a otros nos da por escribir literatura. Pero aún así, el problema —mayormente— es de otros, en cuanto alguien llega a la conclusión de que tú, por el hecho de ser popular —o famoso—, tienes algo que decir. Es lo mismo que nos conduce a sinrazones como que Mario Conde publique un manual para sacarnos de la crisis —económica, se entiende— y haga lleno absoluto el día de su presentación. O que Jesulín de Ubrique publique un disco de baladas con las que no dejaron de bombardearnos en su día. Somos demasiado imbéciles para darnos cuenta de que la fama es sólo eso, fama. Y no conlleva privilegios ni dotes especiales más allá de los méritos que la acompañaban cuando apareció. Sería mejor que El Robe se limitase a tocar punk-rock, Mario Conde a —según sentencia firme— apropiarse de lo ajeno, y Jesulín a masacrar toros. Pero sería aún mejor que todos tuviéramos el juicio necesario para no interesarnos por cualquier sandez que se le ocurra al famoso de turno. Hay muchas buenas novelas, muchos buenos manuales de macroeconomía y muchos buenos álbumes para que estemos perdiendo nuestro tiempo y dinero escuchando a la persona equivocada. 

martes, 6 de marzo de 2012

La Ley del Cilindro

En 2008, fui contratado como profesor asociado en la Escuela Superior de Ingeniería Informática de una de las universidades públicas de la Comunidad de Madrid. Hoy he decidido dejarlo y, puesto que estamos en marzo y se acerca la primavera, os voy a contar las razones.

No es por dinero. De hecho, el dinero nunca fue una variable en la ecuación. Por sólo 460€ que, como segundo salario, te cogen en un tramo de IRPF que se caga la perra, a cambio hay que desplazarse a la otra punta de Madrid —casi una hora de ida y otra de vuelta— dos veces por semana e impartir una media de tres horas de clase semanales, mas el tiempo dedicado a prepararlas. Desde luego, económicamente no compensa en absoluto. Quién lo hace tendrá sus motivos, pero dudo seriamente que sea el dinero. El mío, es la satisfacción personal.

¿Satisfacción personal? Sí. Quizás para algunos sea difícil de entender. Quizás para otros no. A quien de verdad le apasiona algo, disfruta compartiéndolo con los demás. Y a quien le apasiona su profesión, disfruta enseñándosela al resto. Creo que, lamentablemente, hay pocas personas que trabajen con pasión —sobre todo en este país, donde apenas encuentras gente que quiera trabajar—, y entiendo que para ellas esto sea más difícil de comprender. Pero aquellos que de verdad se hayan quedado hasta tarde trabajando, sólo porque se lo estaban pasando bien, sabrán a qué me refiero.

Cuando se publicó la plaza de asociado, no dudé en presentarme. Me entusiasmaba la idea de desvelar a otras personas los secretos que esconden esos monstruitos con entrañas de circuitos y mentes de bits. Cómo imaginar que estaba a punto de predicar en el desierto.

Digamos que la universidad no era como yo la recordaba. No hacía tanto que yo había sido alumno —apenas un par de años—, pero lo cierto es que las cosas parecían haber cambiado bastante. Al principio no quise darle importancia. Miradas sin brillo, con unos ojos que parecían estar mirando al infinito. Alumnos que atendían sin prestar atención, copiando en sus apuntes sin preocuparse de comprender lo que estaban escribiendo. Trataba de esforzarme todo lo que podía para alejarme de la figura del profesor lector —aquel que acude al aula, lee sus transparencias, y se marcha—;  hacía las clases tremendamente participativas —tanto que algún alumno llegó a quejarse de "silencios incómodos"—, y buscaba que cada tema fuera una labor de autodescubrimiento asistido. En una ocasión hasta organicé un concurso improvisado en el que quien dedujera el gran misterio del bit de suciedad de las páginas de memoria ganaría un pen drive. Pero nada parecía funcionar. Las mismas miradas vacías, la misma actitud. Los meses pasaban, y el cuatrimestre se acabó. Llegó el momento de elaborar el examen final del cuatrimestre: los mismos ejercicios tipo de todos los años —los cuales pueden resolverse por pura mecánica, sin comprender los fundamentos que ocultan detrás—, a cumplimentar el día del examen con tantos apuntes y bibliografía como el alumno considerara oportuno. Tan sólo hice un nuevo aporte —para tener un examen mínimamente digno—: unas cuantas preguntas de razonamiento que demostrasen que el alumno dominaba los fundamentos de la asignatura. Resultado final: alrededor del 50% de suspensos. Fueron pocos los que respondieron las preguntas de razonamiento. Y fueron aún menos quienes respondieron cosas coherentes. Después llegó el examen de septiembre. Tuve que explicar en mitad del examen uno de los problemas de programación concurrente varias veces —sólo se pedia programar un ADT que implementarse una variable de condición utilizando semáforos—, pero eso no fue lo peor. Lo peor fue ver a los alumnos indignados en los foros online de la asignatura porque el problema era "tan difícil" que necesitaba ser explicado. 

Esto sólo es el ejemplo de una asignatura cualquiera, un cuatrimestre cualquiera, en un último curso de ingeniería cualquiera. Hay muchos más. Como aquella ocasión en que tuve que explicar fundamentos de programación orientada a objetos a la mayoría de alumnos de master —ojo al dato; máster: programa de doctorado—, o la ocasión en que un alumno de tercero me preguntó si su código seguiría compilando si le añadía comentarios. Inolvidable el tener que explicar a un alumno de quinto curso la diferencia entre codificar números en ASCII y en binario. Casi tanto como tener que explicar a alumnos de quinto que la velocidad y la orientación de un cuerpo en un espacio euclideo puede representarse con un único vector. O la cara de gilipollas que se le queda a uno cuando una alumna de primer curso se echa a llorar en mitad del laboratorio porque no entiende lo que le estás explicando. 

Creo que a estas alturas el lector ya se estará haciendo una idea de los motivos que me han llevado a abandonar. Pues bien, aún hay más. Quien más y quien menos estará pensando que cuanto peor estén las cosas, más motivos tenemos para dar lo mejor de nosotros mismos a la hora de cambiarlas. Es muy probable que esa idea es la que hizo que no saliese escopetado tras la primera semana de clase, y que haya aguantado esto durante cuatro cursos. Pero repito, hay más.

El curso pasado, se presentó un alumno a un examen de prácticas con un código que no había escrito él mismo. En otras palabras, alguien le había hecho la práctica. Le detecté en seguida, ya que cuando le faltaba cerrar un fichero con una llamada a close() y le pedí que lo resolviera, empezó a declararse una función con el mismo nombre en lugar de hacer la invocación que le pedía. Ni siquiera sabía diferenciar una llamada a función de una declaración de función. No sabía programar. Estuvo dando vueltas a su —de otro— código durante un buen rato, hasta que al final confesó. Lo estuve hablando con el resto de compañeros profesores de la asignatura. A mi parecer, debíamos suspender el curso entero al alumno, y no sólo ese cuatrimestre. Silencio incómodo. Pude ver el cardo del desierto atravesando el laboratorio. Volví a insistir más tarde por correo electrónico, y no obtuve respuesta. Finalmente se publicaron las notas, y este alumno obtuvo el mismo resultado que otros que, con total honestidad, intentaron sacar el trabajo adelante y no lo consiguieron. 

Es sólo otro ejemplo. Aunque no el más significativo. Lo más destacable es que un alumno que no sabe diferenciar una declaración de función de una invocación a función llegue a último curso. O que un tío que no sabe diferenciar una codificación binaria de una codificación ASCII llegue a quinto de carrera. O que haya alguien en tercero que no sepa cómo funciona su compilador a la hora de procesar comentarios. Esta claro que alguien no ha hecho su trabajo.

Existe complicidad. Sí, complicidad. A muchos profesores les interesa esta situación. En casi todos los casos que conozco de profesores titulares, estos dedican la mayor parte de su atención a la investigación. Y si el número de alumnos mengua, el número de profesores ha de menguar igualmente. Departamentos más pequeños, con menos financiación, con menos investigadores. Nadie quiere eso, ¿verdad? Entonces, ¿por qué suspender a ese 90% de alumnos de primero que no ha aprendido nada? En palabras de nuestro vicerrector de ordenación académica: la universidad antes era un embudo: entraba mucha más gente de la que salía. Nuestro objetivo es convertirla en un cilindro. El mismo vicerrector que pide explicaciones cuando las tasas de suspensos son demasiado altas. 

Debido a estas cosas, he decidido dejarlo. Moralmente, no puedo seguir sintiéndome parte de un proyecto educativo como este.