Me comenta un amigo una triste anécdota. Una de esas que dan ganas de escribir otra vez sobre lo mismo. La ineficiencia del mundo empresarial. Sí, otra vez. Sé que siempre estoy dando la murga con lo mismo, pero no os preocupéis. Se avecinan profundos cambios en mi vida profesional que quizás me alejen de este extraño mundo por un tiempo. Y entonces quizás me dé por escribir sobre otras cosas.
Me dice que está completamente indignado. Trabaja en una gran empresa del mundo de la tecnología, desarrollando software y diseñando complejos algorítmicos de inteligencia artificial. El otro día acude al servicio de soporte informático de su empresa a pedir material: un adaptador VGA para su portátil. La respuesta le deja de piedra. "No te podemos dar un adaptador VGA —le dicen— porque ya te dimos uno DVI. Si quieres el adaptador, tendrás que hablar con tu jefe y cargarlo a vuestro proyecto".
Y con esta simpleza de miras, zanjan el problema.
Porque claro, lo que no puede ser, no puede ser. ¿Qué es eso de pedir un segundo adaptador para el portátil? Seguro que ni lo necesita. Seguro que lo quiere para llevárselo a casa y enchufar su ordenador a la TV para ver películas. O peor aún. Igual lo quiere para montarse un chalet de lujo en primera línea de playa. Con casino. Y furcias. No, no, no. Además, no podemos gastar el presupuesto en caprichitos tontos. Te apañas con el adaptador DVI, y si no, no haberlo pedido. Que se empieza con mierdas de estas y al final esto acaba como El Chocho de la Bernarda.
Por supuesto, existe una segunda interpretación. Una que quizás no esté al alcance de todos. Quizás podríamos pensar que el chaval pide un adaptador porque lo necesita para trabajar. Quizás podríamos imaginar que, de negárselo, su productividad podría verse mermada. Imaginemos una reunión en la que el chico tenga que proyectar una presentación. Imaginemos los 15 o 20 minutos tratando de hacer que el adaptador DVI funcione con un proyector que no esté preparado para ello. Y contemos, contemos. 15 o 20 minutos de salario de mi amigo, más otros 15 o 20 minutos por cada asistente. Cientos —sino miles— de euros tirados por el retrete por no querer comprar un puto adaptador que vale 10 euros.
También podríamos pensar que las personas que trabajan en tu empresa son responsables. Que si piden un adaptador, es porque lo necesitan. Confianza, creo que se llama. Confiar en la profesionalidad de tu propia gente. Algo que debería ser un principio fundamental en toda organización que pretenda ser mínimamente eficiente. Si realmente no confías en tus trabajadores ni siquiera para algo tan básico como pedir un adaptador VGA, lo mejor que puedes hacer es echarlos a todos a la puta calle y sacar el trabajo tú solito.
"Pues esto no es nada —me dice mi amigo—. En mi anterior empresa, la cosa era todavía más grave. En una ocasión mi jefe me dijo que no perdiera ojo al ratón y al teclado, porque se cargaban al proyecto y los propios compañeros de otras áreas solían robarlos para ahorrarse la inversión".
Y entonces caes en la cuenta. Te acuerdas de tu propio compañero de mesa, que se encontró un lunes cualquiera con que alguien se había llevado el adaptador VGA que estaba conectado a su monitor. Y recuerdas que ambos pensasteis que el hurtador se lo habría llevado a su casa. Para enchufar su ordenador a la TV para ver películas. Con casino. Y furcias. Y es entonces cuando te da por pensar que, quizás, el adaptador no ha salido de la oficina. Quizás está en manos de alguien que solicitó uno al equipo de soporte y le denegaron la solicitud. Alguien que intenta ser más productivo, a pesar de su propia empresa.
domingo, 11 de mayo de 2014
viernes, 25 de abril de 2014
Los hacedores y los reunidores
A menudo lo he comentado con diferentes personas. Es tremendamente sorprendente abrir el grifo y ver cómo fluye el agua potable. O descolgar el teléfono, marcar, y escuchar la voz de otra persona a kilómetros de distancia. Y no, no me refiero al milagro tecnológico que hay detrás. Mi sorpresa no responde a que en pleno siglo XXI podamos disfrutar de este tipo de avances sin duda inimaginables en épocas pasadas. Lo que me sorprende profundamente es, viendo cómo funcionan las grandes empresas, que cualquiera de esas cosas funcione —prácticamente— todo el tiempo.
No soy un gran orador. Y la expresividad no es una de mis cualidades. Creo que el siguiente corto podría comunicar mucho mejor que yo de dónde proviene esta sorpresa. Aunque se trate de una parodia, y como tal lleve las cosas al extremo, es una manifestación muy clara de lo que ocurre en tantas y tantas organizaciones. Si aún no lo has visto, te aseguro que serán siete minutos y treinta y cuatro segundos muy bien empleados (dispone de subtítulos si los necesitas).
Por el momento, obviemos el hecho de que, en la situación escenificada en este corto, cuatro de las cinco personas reunidas no tienen ni puta idea de lo que están hablando. Quizás más dramático que eso —aunque relacionado— es el hecho de que la mayoría de ellos no están aportando prácticamente ningún valor al negocio.
Y esta es una triste realidad que, por complicidad evidente, pocas personas estarían dispuestas a admitir. Que la mayoría de las personas en las grandes empresas, simple y llanamente... sobra. Que en nuestras oficinas hay centenares de personas que no hacen más que marear la perdiz, en lugar de producir trabajo útil.
Tengo un amigo que lo simplifica con mucha elegancia. Tiene su propia versión de la Ley de Putt, aquella que formula:
"El mundo de la tecnología lo dominan dos tipos de personas: aquellas que comprenden lo que no dirigen y aquellas que dirigen lo que no comprenden."
Sólo que mi amigo utiliza una terminología mucho más clara. Según él, estos dos tipos se clasifican bajo dos términos: los hacedores y los reunidores, respectivamente. Los primeros son los que producen trabajo útil que contribuye al éxito del negocio. Los segundos, los que dedican sus cuarenta horas semanales a reunirse, escribir PPTs, elaborar o solicitar informes que son incapaces de interpretar, participar en procesos de toma de decisiones completamente desinformados, responder correos insustanciales, vigilar lo que hace el de al lado, cultivar el politiqueo, etc, etc. En resumen, invertir energía y recursos en actividades que prácticamente no aportan —o incluso restan— valor al negocio.
Porque no nos engañemos: un reunidor no es un líder. Aunque en ocasiones resulte difícil diferenciarlos. Un líder es aquel que tiene claro el rumbo. Aquel que sabe cuál es el objetivo y cómo alcanzarlo. Aquel que tiene una visión acerca de cómo realizar la estrategia de la empresa. Un líder, sin lugar a dudas, comprende lo que dirige. Comprende que las líneas rojas no pueden trazarse con tinta verde. Como comprende qué es lo que necesita el cliente, incluso cuando este no lo sabe. Un líder toma decisiones en base a la realidad que sí comprende. Si ninguna de estas cosas es atribuible a un sujeto con responsabilidades gestión, no estamos hablando de un líder. Estamos hablando de un reunidor.
Algo también habitual es considerar que un reunidor debe ser un jefe. Ni por asomo. Para ser un reunidor, basta con dirigir recursos sin comprender cómo emplearlos para generar valor. Estos pueden ser personas a su cargo, sí. Pero también pueden ser otras empresas subcontratadas, al servicio de un individuo sin subordinados que no sabe diferenciar una línea de un gatito.
Los reunidores. La representante del cliente, que con mucha elocuencia emplea frases vacías para describir el (des)propósito de un proyecto que ni siquiera entiende. Justine, la Especialista en Diseño oligofrénica encargada de supervisar —desde la absoluta incompetencia— los resultados técnicos del proveedor de servicios. Walter, el jefe de proyecto lameculos que supervisa al Experto, y que sólo está ahí para garantizar que se hagan todas las falsas promesas que el cliente quiere oír. El jefe de este, que a su vez supervisa la supervisión para asegurar que la oferta de su compañía satisface al cliente con compromisos imposibles de cumplir.
De las cinco personas reunidas, cuatro son reunidores. De las cinco personas reunidas, cuatro sobran.
Y no. No sobran porque no sepan hacer bien su trabajo. Sobran porque la naturaleza de sus roles no es necesaria dentro de la organización. Como ya he mencionado varias veces —y vuelvo a recalcar—, lo verdaderamente dramático es que los reunidores generan trabajo sin aportar valor. Si representásemos el negocio como un número real, los reunidores serían números complejos. En ocasiones proyectando algo de valor en la recta real. En ocasiones restándoselo. Siempre proyectando esfuerzo en el plano imaginario. Esfuerzo que la empresa no puede recuperar.
Quizás estés pensando que exagero. Que una situación así no puede darse. Que no puede haber personas que, consciente o inconscientemente, se especialicen en labores que carecen de valor. Que todos aportan, ya sea mucho o poco, su granito de arena en el espacio de los números reales. ¿Y si te dijera que no sólo esto es posible sino que es inevitable?
Imaginemos por un momento a estos reunidores en el inicio de sus carreras profesionales. Su primer empleo tras salir de la universidad. Resulta que en esa primera empresa hay mucho hacedor. Están todo el día hablando de cosas raras, cosas que nuestro reunidor recién salido del cascarón no entiende. Que si líneas rojas por aquí. Que si líneas perpendiculares por allá. Todo muy complicado. De alguna forma, nuestro reunidor empieza a descubrir que por mucho que se esfuerce, nunca será un buen hacedor. Lo suyo no es la geometría, como no lo es ninguna otra disciplina técnica. Pero como todo hijo de vecino, su ambición es prosperar. Consciente o inconscientemente, nuestro reunidor comenzará a orientar su carrera profesional alejándose lo más posible de la técnica. Y, por supuesto, descubre que no es el único. Hay otros como él, que en lugar de preocuparse por la geometría cultivan otro tipo de artes. Comienza a imitar algunas de sus pautas de comportamiento, sabiendo que esa es su única oportunidad de triunfar. Traje, corbata, elocuencia, anglicismos, frases vacías, adulación, servilismo. Y, con el tiempo, descubre que eso sí se le da bien. Además, ¿qué coño? Al fin y al cabo, el cotarro lo dirigen estos últimos. Abultados salarios, generosos bonus, tarjetas de crédito de empresa, plazas de garaje, grandes despachos. ¿Quién no querría eso? Nuestro reunidor lo tiene claro. Se prepara para dedicar el resto de su vida profesional a dirigir lo que no entiende.
Pero volvamos al principio de todo esto, a nuestro grifo de agua y nuestro teléfono. Imagina por un momento una situación similar —por supuesto, menos esperpéntica— en tu compañía de aguas o en tu compañía telefónica. La jefa, el jefe, Justine, Walter, discutiendo acerca de qué técnica van a implantar para purificar el agua que te suministran o para ampliar la red de comunicaciones que llega hasta tu domicilio. Imagínatelo. Acojona, ¿verdad?
Seguro que a partir de ahora, cuando abras el grifo y veas correr el agua clara y limpia, o descuelgues el teléfono y oigas el tono de la línea, no podrás evitar, aunque sea en parte, sentirte sorprendido.
No soy un gran orador. Y la expresividad no es una de mis cualidades. Creo que el siguiente corto podría comunicar mucho mejor que yo de dónde proviene esta sorpresa. Aunque se trate de una parodia, y como tal lleve las cosas al extremo, es una manifestación muy clara de lo que ocurre en tantas y tantas organizaciones. Si aún no lo has visto, te aseguro que serán siete minutos y treinta y cuatro segundos muy bien empleados (dispone de subtítulos si los necesitas).
Por el momento, obviemos el hecho de que, en la situación escenificada en este corto, cuatro de las cinco personas reunidas no tienen ni puta idea de lo que están hablando. Quizás más dramático que eso —aunque relacionado— es el hecho de que la mayoría de ellos no están aportando prácticamente ningún valor al negocio.
Y esta es una triste realidad que, por complicidad evidente, pocas personas estarían dispuestas a admitir. Que la mayoría de las personas en las grandes empresas, simple y llanamente... sobra. Que en nuestras oficinas hay centenares de personas que no hacen más que marear la perdiz, en lugar de producir trabajo útil.
Tengo un amigo que lo simplifica con mucha elegancia. Tiene su propia versión de la Ley de Putt, aquella que formula:
"El mundo de la tecnología lo dominan dos tipos de personas: aquellas que comprenden lo que no dirigen y aquellas que dirigen lo que no comprenden."
Sólo que mi amigo utiliza una terminología mucho más clara. Según él, estos dos tipos se clasifican bajo dos términos: los hacedores y los reunidores, respectivamente. Los primeros son los que producen trabajo útil que contribuye al éxito del negocio. Los segundos, los que dedican sus cuarenta horas semanales a reunirse, escribir PPTs, elaborar o solicitar informes que son incapaces de interpretar, participar en procesos de toma de decisiones completamente desinformados, responder correos insustanciales, vigilar lo que hace el de al lado, cultivar el politiqueo, etc, etc. En resumen, invertir energía y recursos en actividades que prácticamente no aportan —o incluso restan— valor al negocio.
Porque no nos engañemos: un reunidor no es un líder. Aunque en ocasiones resulte difícil diferenciarlos. Un líder es aquel que tiene claro el rumbo. Aquel que sabe cuál es el objetivo y cómo alcanzarlo. Aquel que tiene una visión acerca de cómo realizar la estrategia de la empresa. Un líder, sin lugar a dudas, comprende lo que dirige. Comprende que las líneas rojas no pueden trazarse con tinta verde. Como comprende qué es lo que necesita el cliente, incluso cuando este no lo sabe. Un líder toma decisiones en base a la realidad que sí comprende. Si ninguna de estas cosas es atribuible a un sujeto con responsabilidades gestión, no estamos hablando de un líder. Estamos hablando de un reunidor.
Algo también habitual es considerar que un reunidor debe ser un jefe. Ni por asomo. Para ser un reunidor, basta con dirigir recursos sin comprender cómo emplearlos para generar valor. Estos pueden ser personas a su cargo, sí. Pero también pueden ser otras empresas subcontratadas, al servicio de un individuo sin subordinados que no sabe diferenciar una línea de un gatito.
Los reunidores. La representante del cliente, que con mucha elocuencia emplea frases vacías para describir el (des)propósito de un proyecto que ni siquiera entiende. Justine, la Especialista en Diseño oligofrénica encargada de supervisar —desde la absoluta incompetencia— los resultados técnicos del proveedor de servicios. Walter, el jefe de proyecto lameculos que supervisa al Experto, y que sólo está ahí para garantizar que se hagan todas las falsas promesas que el cliente quiere oír. El jefe de este, que a su vez supervisa la supervisión para asegurar que la oferta de su compañía satisface al cliente con compromisos imposibles de cumplir.
De las cinco personas reunidas, cuatro son reunidores. De las cinco personas reunidas, cuatro sobran.
Y no. No sobran porque no sepan hacer bien su trabajo. Sobran porque la naturaleza de sus roles no es necesaria dentro de la organización. Como ya he mencionado varias veces —y vuelvo a recalcar—, lo verdaderamente dramático es que los reunidores generan trabajo sin aportar valor. Si representásemos el negocio como un número real, los reunidores serían números complejos. En ocasiones proyectando algo de valor en la recta real. En ocasiones restándoselo. Siempre proyectando esfuerzo en el plano imaginario. Esfuerzo que la empresa no puede recuperar.
Quizás estés pensando que exagero. Que una situación así no puede darse. Que no puede haber personas que, consciente o inconscientemente, se especialicen en labores que carecen de valor. Que todos aportan, ya sea mucho o poco, su granito de arena en el espacio de los números reales. ¿Y si te dijera que no sólo esto es posible sino que es inevitable?
Imaginemos por un momento a estos reunidores en el inicio de sus carreras profesionales. Su primer empleo tras salir de la universidad. Resulta que en esa primera empresa hay mucho hacedor. Están todo el día hablando de cosas raras, cosas que nuestro reunidor recién salido del cascarón no entiende. Que si líneas rojas por aquí. Que si líneas perpendiculares por allá. Todo muy complicado. De alguna forma, nuestro reunidor empieza a descubrir que por mucho que se esfuerce, nunca será un buen hacedor. Lo suyo no es la geometría, como no lo es ninguna otra disciplina técnica. Pero como todo hijo de vecino, su ambición es prosperar. Consciente o inconscientemente, nuestro reunidor comenzará a orientar su carrera profesional alejándose lo más posible de la técnica. Y, por supuesto, descubre que no es el único. Hay otros como él, que en lugar de preocuparse por la geometría cultivan otro tipo de artes. Comienza a imitar algunas de sus pautas de comportamiento, sabiendo que esa es su única oportunidad de triunfar. Traje, corbata, elocuencia, anglicismos, frases vacías, adulación, servilismo. Y, con el tiempo, descubre que eso sí se le da bien. Además, ¿qué coño? Al fin y al cabo, el cotarro lo dirigen estos últimos. Abultados salarios, generosos bonus, tarjetas de crédito de empresa, plazas de garaje, grandes despachos. ¿Quién no querría eso? Nuestro reunidor lo tiene claro. Se prepara para dedicar el resto de su vida profesional a dirigir lo que no entiende.
Pero volvamos al principio de todo esto, a nuestro grifo de agua y nuestro teléfono. Imagina por un momento una situación similar —por supuesto, menos esperpéntica— en tu compañía de aguas o en tu compañía telefónica. La jefa, el jefe, Justine, Walter, discutiendo acerca de qué técnica van a implantar para purificar el agua que te suministran o para ampliar la red de comunicaciones que llega hasta tu domicilio. Imagínatelo. Acojona, ¿verdad?
Seguro que a partir de ahora, cuando abras el grifo y veas correr el agua clara y limpia, o descuelgues el teléfono y oigas el tono de la línea, no podrás evitar, aunque sea en parte, sentirte sorprendido.
miércoles, 16 de abril de 2014
Ruido de fondo
Miércoles 16 de abril. 11:07 de la mañana de la víspera de Jueves Santo. La oficina está casi desierta, tres desarrolladores en una esquina y, un poco más allá, un par de ingenieros de despliegue unidos en una misma audioconferencia con el resto de su equipo. Conversación irrelevante, que se convierte en ruido de fondo mientras uno le da vuelvas al código. Sin duda es mejor así, es la única forma de poder concentrarse. De mantener el "flow".
La audioconferencia termina. Uno de los ingenieros de despliegue se levanta y se dirije a su compañero.
— ¡Macho! Lo de Ana no me lo esperaba. ¡Si esta lleva aquí toda la vida!
En ese momento, la conversación deja de ser ruido de fondo. En seguida me doy cuenta de quién es la tal Ana. La noticia ya me había llegado por otro lado. Ana, una compañera con efectivamente unos cuantos años dedicados a la compañía, se marcha. Deja la empresa. Ha encontrado un buen puesto en Estados Unidos, dicen.
— ¡Recuerdo que yo allá por 2006 o 2007 trabajaba con ella! Estábamos en un proyecto...
Y empiezan las batallitas del Abuelo Cebolleta. La conversación vuelve a convertirse en ruido de fondo. Pero ya he perdido el "flow". Dedico unos segundos a pensarlo, y sin buscarlo descubro una idea desagradable.
¿Por qué resulta tan raro que Ana se marche? Sin duda para este tío lo es. Y es más que probable que para tantos otros también lo sea. ¿Acaso es tan sorprendente que una persona abandone su empresa en España para iniciar una nueva carrera profesional en el mayor productor de software del mundo? ¡Qué cojones! ¿Acaso hay algún motivo razonable para no hacerlo?
Hace bien poco un amigo me contó la anécdota de la primera vez que Maxwell tuvo que explicar el electromagnetismo a un periodista. El amigo James se encontró —como diría el bueno de Sam Gamyi— en un brete. Por lo visto el entrevistador, lo más parecido a un reportero de Sálvame de la época, le insistía una y otra vez acerca de lo absurdo de sus ideas, exigiendole que ofreciese una explicación convincente. El amigo Maxwell, que tonto no era, sabía que era una labor inútil: los conocimientos sobre ciencia y matemáticas que necesitaba el energúmeno de su entrevistador eran del todo insuficientes para ofrecer una explicación convincente en menos de un mes. Y no porque sus famosas ecuaciones no se pudiesen resumir, no. Sino porque ese Jorge Javier Vázquez del siglo XIX se encontraba en un estadio de conocimiento en el cual cualquier explicación, por muy simplificada que fuese, resultaría inverosímil.
¿Y qué tiene que ver el señor Maxwell con todo esto?
A menudo los seres humanos no comprendemos la actitud de nuestros semejantes por encontrarnos en estadios muy alejados. Para una persona que, cuando del puesto de trabajo se refiere, valora muy por encima de todas las cosas el salario y la estabilidad, es una verdadera locura dejar tu puesto de generoso salario y con más de diez años de antiguedad. Punto. Cualquier otra consideración, como por ejemplo marcharse a la Meca de Internet y contribuir a crear el futuro, desaparece por el sumidero de la irrelevancia. Acaba formando parte de su ruido de fondo particular, aislado de lo realmente importante: la duda de por qué alguien que lleva aquí toda la vida puede querer marcharse.
La audioconferencia termina. Uno de los ingenieros de despliegue se levanta y se dirije a su compañero.
— ¡Macho! Lo de Ana no me lo esperaba. ¡Si esta lleva aquí toda la vida!
En ese momento, la conversación deja de ser ruido de fondo. En seguida me doy cuenta de quién es la tal Ana. La noticia ya me había llegado por otro lado. Ana, una compañera con efectivamente unos cuantos años dedicados a la compañía, se marcha. Deja la empresa. Ha encontrado un buen puesto en Estados Unidos, dicen.
— ¡Recuerdo que yo allá por 2006 o 2007 trabajaba con ella! Estábamos en un proyecto...
Y empiezan las batallitas del Abuelo Cebolleta. La conversación vuelve a convertirse en ruido de fondo. Pero ya he perdido el "flow". Dedico unos segundos a pensarlo, y sin buscarlo descubro una idea desagradable.
¿Por qué resulta tan raro que Ana se marche? Sin duda para este tío lo es. Y es más que probable que para tantos otros también lo sea. ¿Acaso es tan sorprendente que una persona abandone su empresa en España para iniciar una nueva carrera profesional en el mayor productor de software del mundo? ¡Qué cojones! ¿Acaso hay algún motivo razonable para no hacerlo?
Hace bien poco un amigo me contó la anécdota de la primera vez que Maxwell tuvo que explicar el electromagnetismo a un periodista. El amigo James se encontró —como diría el bueno de Sam Gamyi— en un brete. Por lo visto el entrevistador, lo más parecido a un reportero de Sálvame de la época, le insistía una y otra vez acerca de lo absurdo de sus ideas, exigiendole que ofreciese una explicación convincente. El amigo Maxwell, que tonto no era, sabía que era una labor inútil: los conocimientos sobre ciencia y matemáticas que necesitaba el energúmeno de su entrevistador eran del todo insuficientes para ofrecer una explicación convincente en menos de un mes. Y no porque sus famosas ecuaciones no se pudiesen resumir, no. Sino porque ese Jorge Javier Vázquez del siglo XIX se encontraba en un estadio de conocimiento en el cual cualquier explicación, por muy simplificada que fuese, resultaría inverosímil.
¿Y qué tiene que ver el señor Maxwell con todo esto?
A menudo los seres humanos no comprendemos la actitud de nuestros semejantes por encontrarnos en estadios muy alejados. Para una persona que, cuando del puesto de trabajo se refiere, valora muy por encima de todas las cosas el salario y la estabilidad, es una verdadera locura dejar tu puesto de generoso salario y con más de diez años de antiguedad. Punto. Cualquier otra consideración, como por ejemplo marcharse a la Meca de Internet y contribuir a crear el futuro, desaparece por el sumidero de la irrelevancia. Acaba formando parte de su ruido de fondo particular, aislado de lo realmente importante: la duda de por qué alguien que lleva aquí toda la vida puede querer marcharse.
domingo, 9 de septiembre de 2012
¡Métase usted el traje por el puto culo!
Uno de los aspectos más curiosos del sector de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) —o para que nos entendamos: el gremio de los informáticos y el de los telecos que trabajan de informáticos— es el uso del traje y corbata como indumentaria de trabajo. A este respecto, existen en el gremio dos grandes grupos de opinión: los que lo odian y consiguen evitarlo y los que lo odian y no les quedan más cojones. Realmente existe un tercero: los que lo aprecian tanto para obligar a los demás a llevarlo. Pero este último queda excluido del sector TIC ya que sus miembros apenas saben qué es un ordenador y para qué se utiliza.
Hace poco leí alguna referencia sobre el tema en Twitter que me llamó la atención. Un ciudadano cualquiera de la Red comentaba cómo mandaría a tomar por el mismísimo culo a su interlocutor si en una entrevista de trabajo le dijeran que el traje es imprescindible. Conozco a no pocas personas —entre las que me incluyo— que tendrían una reacción similar —yo quizás no invitaría a nadie a sodomizarse, pero sí rechazaría el empleo sin dudarlo—, y creo que es interesante comentar los motivos —al menos los míos—.
Existen al menos dos buenas razones para negarse a vestir de traje. La primera y más importante, es el motivo en sí por el que tu empleador te solicita dicha indumentaria. En general —en el 99.9% de los casos— se debe a que la empresa trata de proyectar una imagen de seriedad y profesionalidad a través de su plantilla —el 0.1% restante es sólo por joder—. Eso es algo poco o nada reprochable —lo del 99.9%, se entiende—. De hecho, yo diría incluso que es un requisito imprescindible para que cualquier empresa pueda funcionar. El problema es pensar que un traje puede convertir a cualquier persona en un profesional serio, responsable y dedicado.
Hace unos meses asistí a una boda de unos amigos. Una boda informal, de esas en las que se puede acudir en vaqueros. Allí me encontré con un coleguilla del círculo que no veía desde hacía algún tiempo. Todos los que le conocíamos sabíamos de él: cocainómano desde hace un tiempo, malvive conduciendo un taxi, con una vida personal lo suficientemente desordenada como para inspirar una película de Almodovar. No había cambiado, seguía siendo el mismo pieza de siempre. Sólo que esta vez no llevaba sus vaqueros negros y su sudadera de Iron Maiden. Esta vez vestía traje y corbata.
Y es que el hábito no hace al monje. Cualquier Accenture puede coger a un chaval recién salido de la carrera, de esos que se pasaban cada clase mirando el reloj, deseando estar en cualquier otro lugar. De esos a los que se les "atragantó" Metodología de la Programación de primer curso y tardaron seis convocatorias en aprobarla. Pueden cogerle, vestirle de traje y corbata —el chaval usará uno de su padre, con las mangas por las falanges—, pagarle 900€ al mes —más cheques restaurante—, y enviarlo a Renfe como desarrollador senior especialista en JavaEE. Y no, no es cuestión de edad. También pueden mandar al matao que lleva 15 años de experiencia rellenando hojas de cálculo y powerpoints, y venderlo como arquitecto de solución para que te cuente que los productos de su empresa implementan XML 2.0 —caso verídico—. Al fin y al cabo, nadie podrá cuestionar la seriedad y profesionalidad de ninguno de los dos. ¿Por qué —cojones— no? Porque ambos visten traje y corbata.
Seriedad y profesionalidad. Objetivos muy loables a través de un medio realmente estúpido. Cualquier persona puede ponerse un traje. Ya sea un premio Turing o un cocainómano. Y ninguno de los dos será ni más serio ni más profesional ni más listo por hacerlo. La verdadera fórmula para que una empresa de servicios TIC sea seria y profesional es contar con la plantilla adecuada. Disponer de verdaderos expertos en todas y cada una de las disciplinas en que se basa su negocio. Cuando das con profesionales realmente serios, lo sabes desde el primero momento. Mayormente porque estos no suelen vestir con traje y corbata. En sus empresas conocen el valor de su gente, y por tanto no necesitan maquillar la realidad. No tratan de demostrar nada con una falsa imagen, sino con hechos. Y en cuanto abren la boca y empiezan a hacer su trabajo, te das cuenta de que no te equivocabas.
Dicho todo esto, es más que normal que más de uno tenga tentación de mandar a tomar por el ojete a cualquier empleador que le sugiera lo del traje y la corbata. No sugieren una forma de vestir, sino una carrera profesional que consiste en aparentar ser algo que no eres.
Este es el primer y principal motivo. Pero existe al menos otro, menos relevante y más difícil de comprender para quienes no ejerzan —o la ejerzan pero no la disfruten— la profesión: la creatividad. Desarrollar tecnología es una labor creativa e intelectualmente muy exigente. Somos muchos los que creemos que desarrollar software es una forma de arte. Y por tanto, necesitamos de un entorno que favorezca la creatividad para ser totalmente productivos. Necesitamos oficinas agradables, con una cuidada decoración que relaje los sentidos y estimule la creación, con entornos de trabajo que favorezcan el intercambio de ideas. Y desde luego, ir enfundado en un traje con una corbata alrededor del cuello no juega a nuestro favor. Dudo que nadie imagine a un escultor, un novelista o un compositor musical trabajando vestidos como un diputado. Y el caso de un tecnólogo no es distinto. Esto no lo entiende todo el mundo, y de nuevo toda empresa con sus oficinas en parques tecnológicos rodeados de asfalto y descampado, sin apenas iluminación natural, de paredes grises y monótonas, mobiliario de hace treinta años y sin una mísera planta lo ponen sobradamente de manifiesto. Les importa una puta mierda el entorno creativo, así que enfúndate en el traje y ya te estás poniendo a vender humo.
En resumen, quien te pide vestirte como un ministro para picar código no te está ofreciendo una gran carrera como tecnólogo. Te está ofreciendo una empresa mediocre, que se gana la vida estafando —legalmente— a sus clientes —los cuales, por otro lado, se dejan estafar—. Hay personas que tenemos otros planes para nuestro futuro profesional. Personas que disfrutamos creando tecnología, y que sentimos verdadera pasión por lo que hacemos. Para cualquiera de nosotros, resulta impensable ganarse la vida bajo esas condiciones, así que... ¡qué coño! ¡Métase usted el traje por el puto culo!
lunes, 18 de junio de 2012
Cuando creías que no se puede ser más imbécil
...siempre aparece alguien para demostrarte que estabas equivocado.
De vez en cuando te encuentras a algún kamikaze en la carretera. No me refiero a las personas que, pobres ellas, están ya hasta la polla de todo y de todos y deciden quitarse la vida conduciendo en dirección opuesta al tráfico. Ni tampoco me refiero a los comeculos que circulan a 150 KM/h, quienes sólo conocen el carril del medio como el cacho ese de autopista que se usa para adelantar por la derecha. No, me refiero a esos tipos que conducen realizando verdaderas maniobras de especialista. De los que te hacen sentir que te has metido en el rodaje de la cuarta entrega de la saga Bourne.
Por ejemplo, el otro día conducía por la M-506 a la altura de Loranca, y vi a un pollo echarse al carril derecho para adelantar a unos 150 KM/h. Al no encontrar hueco entre los coches que circulaban a más o menos la mitad de velocidad que él, decidió aprovechar el carril de deceleración que se abría a su derecha para adelantar, saliendo y volviendo a incorporarse de nuevo adelantando a un coche en un tramo de menos de 15 metros. Cuando veas un pivote de esos verdes que delimitan los carriles de deceleración arrancado de cuajo, no te preguntes cómo ha podido suceder: fue el gilipollas del deportivo negro.
Estas personas te hacen pensar dónde estará la Benemérita cuando se la necesita. Bueno, realmente no lo piensas, sabes perfectamente dónde están: en esa vía de servicio donde nunca pasa nada, radar en mano jugando a los médicos. Sí, a los médicos. Vamos, poniendo recetas a todo el que pase por allí. Pero eso, amigos, es otra historia.
El caso es que, como iba diciendo, hay gente demasiado gilipollas. Demasiado gilipollas para entender que conduciendo así lo único que conseguirá será meternos en el puto libro Guinness de los records cuando el amasijo de hierros que solía conducir provoque el atasco más largo de la historia. O peor aún, que desparrame los sesos por el asfalto y le joda la vida a todas las personas que le quieren. De un extremo al otro, tenemos un fascinante espectro de putadas de lo más variado. Pero no, son demasiado gilipollas para darse cuenta. Pero al fin y al cabo, tanta gilipollez es algo que uno tiene asumido. Hasta hoy.
Vas conduciendo, y tienes uno de estos fantásticos episodios. Otro más. Bueno, respiras hondo, te cagas en su puta madre, y sigues conduciendo. Al rato, el suceso vuelve a repetirse. ¡Dos gilipollas en menos de cinco minutos! Bueno, será que hoy es el Día Internacional del Retraso Mental en Carretera. Sigues conduciendo. No han pasado diez minutos y... ¡otro más! ¿Pero qué coño está pasando?
De repente, tienes una revelación. Caes en la cuenta. Ese dato que estaba ahí pero que no se te ocurrió meter en la ecuación. Miras el reloj del coche: las 20:35 minutos. Las 20:35 minutos del 18 de junio de 2012. En diez minutos España juega un partido de Eurocopa.
Un partido. Un puto partido de fútbol. Uno ya acepta que la gente es capaz de anteponer el fútbol a muchísimas cosas. Que a la gente le suda la polla si Angela Merkel nos está metiendo la polla por el culo, si no queda un jodido político honrado en todo el país, si el sistema educativo se cae a pedazos, o si hemos perdido los pocos valores que nos quedaban. Nada de eso importa mientras haya partido de liga. Panem et circenses. Pero lo que jamás podría uno haber imaginado, ni en sus más oscuros sueños, es que la gente fuera tan gilipollas de jugarse su vida, y la de los demás, por llegar a tiempo a casa para ver un partido de fútbol. Un puto partido de fútbol.
Solo espero que la selección gane el partido de esta noche. Así alguno de esos cientos de gilipollas en toda España que habrá hecho la misma proeza pero con menos suerte que el resto
podrá irse a la tumba satisfecho.
martes, 20 de marzo de 2012
Me ha fallado usted por última vez
La flota estelar imperial viaja a toda hostia por el hiperespacio en dirección al sistema Hoth. Por fin, después de mucho tiempo buscando, han dado con el paradero de la base rebelde oculta: un jodido cubito de hielo donde sólo habita una especie de Yeti al que le falta medio brazo. Normal que no les encontráramos. ¿A quién coño se le ocurre instalar una base en un sitio como ese? Con la de parcelas ajardinadas tiradas de precio que se venden en la séptima luna de Endor. Bueno, es igual. Pues vamos para allá echando hostias. Tras un ratejo viajando, Vader nota como la nave frena al salir del hiperespacio —porque esas cosas se tienen que notar, digo yo— y, acto seguido, entra en su despacho uno de sus oficiales.
—Hemos salido del hiperespacio, Lord Vader —le dice el general Veers—, y parece que los rebeldes nos han descubierto.
—¡No me joda usted, Veers! —le responde Vader— ¿Por qué coño hemos salido del hiperespacio tan cerca del sistema?
Veers traga saliva, nervioso.
—Ha sido cosa del Almirante Ozzel —se excusa el general.
—¡Me cago en su gran p...! —grita Vader lleno de furia— Bueno, es igual. Id preparando los AT-AT, y esta vez no olvidéis ponerles el collar de pinchos.
Acto seguido, Vader se gira hacia la pantalla de su computador y abre el Skype. Al rato, aparece la imagen del Almirante Ozzel haciendo como que trabaja.
—Lord Vader —empieza a excusarse—, acabamos de salir de la velocidad luz...
No llega a terminar la frase. Vader se deja llevar por toda su mala hostia, saca a relucir sus dotes telequinéticos, y comienza a estrangular la traquea del sujeto hasta producirle a la muerte.
—Me ha fallado usted por última vez, almirante —sentencia Lord Vader mientras su subordinado muere entre horribles gorgoteos.
Un tanto de metraje más tarde, le llega el turno al capitan Needa cuando acude a disculparse por perder de vista al Halcón Milenario.
—Disculpa aceptada, capitan Needa —pero de aceptada nada; el pollo muere igualmente tratando desesperadamente de respirar.
Inquietante, ¿verdad? Vaya mala follada que tiene el amigo, pensarían algunos —o todos—. Se cumple una vez más el estereotipo de malo malísimo hollywoodiense. Vale que los chavales la cagaran un par de veces, pero tampoco es para ponerse así, ¿no?
¿Seguro? ¿Seguro que no es para ponerse así?
Ambas cagadas son —irónicamente— de película. Por culpa del Almirante Ozzel, los rebeldes tienen tiempo de reaccionar y preparar una evacuación que les salva el culo. La gracia le cuesta al imperio cepillarse a casi toda la Alianza Rebelde y capturar al listillo que se cargó la Estrella de la Muerte antes de que se vaya de rositas. Por otro lado, el Capitán Needa pierde de vista una nave de 26.7 metros de longitud —increíble las chorradas que te encuentras en la Wikipedia— que realmente llevaba pegada como una lapa en el exterior del casco de su propio destructor estelar —¿es que no tiene periscopio o qué?—. Vamos, un par de fallitos tontos.
Ahora pensemos que no se trata de una película de ciencia-ficción, sino de la realidad del día a día en las empresas en las que trabajamos. ¿Seguro que no es para ponerse así? Imaginemos que el Almirante Ozzel y el Capitán Needa son un par de cargos intermedios en la empresa en la que trabajamos. Resulta que su incompetencia, ineptitud, incapacidad, mediocridad, etc —llámalo X, pero llámalo— arruina el esfuerzo de muchas personas y acaba con el buen trabajo de todo su equipo. ¿Sigue sin ser suficiente para ponerse así? Bueno, entonces imagina que se trata de tu propia empresa, y que estos dos pollos te han hecho perder un par de centenares de miles de euros. ¿Ahora sí lo ves?
Cagadas como las de estos dos individuos ocurren por manojos todos los días. Las estructuras de las empresas —especialmente las grandes— favorecen —y aquí estoy generalizando— que los cargos intermedios sean ocupados por personas que están muy lejos de ser las más preparadas y competentes para desarrollar el cargo. No voy a contaros cosas como el Principio de Dilbert o el Principio de Peter, que sin duda tienen mucho que ver en esto. Tampoco entraremos en detalle en cómo las habilidades para sobrevivir en la empresa suelen triunfar sobre la diligencia y el buen hacer —que parezca que eres bueno puede ser más fácil y relevante que serlo— y, cómo eso combinado con la tendencia que todos tenemos a rodearnos de personas con perfiles similares al nuestro derivan en jerarquías endogámicas formadas por individuos mediocres.
Sin entrar en detalle, insisto, lo que hace Lord Dark Vader es proteger su negocio —o su gestión— de la incompetencia de aquellos que han tomado decisiones nefastas, demostrando que el cargo les queda grande. Y no es el único caso de ejemplo. En estos días en los que la figura de Steve Jobs está muy presente, no debemos olvidar que Apple ha logrado alcanzar muchos de sus objetivos gracias a unos criterios de excelencia que muchos considerarían —y consideran— tiránicos. Si Steve Jobs no hubiera dispuesto de los mejores profesionales en todos y cada uno de los campos que intervienen en el desarrollo de sus cacharros, no tendríamos iPhones, ni Macbooks, ni iMacs, ni ninguno de esos aparatejos que tanta importancia le dan hasta al más mínimo detalle dejándonos boquiabiertos. Jobs lo logró deshaciéndose de todos aquellos que no daban la talla, en su caso —afortunadamente— sin que la sangre llegara al río —aunque bien es cierto que las formas con las que acostumbraba a despedir a sus subordinados podría habérselas ahorrado—. Se rodeó de los mejores. Y lo consiguió.
En fin. Sólo me queda soñar con el día en que uno de tantos gerentes de mi empresa entre en el despacho de su director y se siente con cara de preocupación en la silla. Entonces, su director le espetará con voz grave:
— Me ha fallado usted por última vez.
—Hemos salido del hiperespacio, Lord Vader —le dice el general Veers—, y parece que los rebeldes nos han descubierto.
—¡No me joda usted, Veers! —le responde Vader— ¿Por qué coño hemos salido del hiperespacio tan cerca del sistema?
Veers traga saliva, nervioso.
—Ha sido cosa del Almirante Ozzel —se excusa el general.
—¡Me cago en su gran p...! —grita Vader lleno de furia— Bueno, es igual. Id preparando los AT-AT, y esta vez no olvidéis ponerles el collar de pinchos.
Acto seguido, Vader se gira hacia la pantalla de su computador y abre el Skype. Al rato, aparece la imagen del Almirante Ozzel haciendo como que trabaja.
—Lord Vader —empieza a excusarse—, acabamos de salir de la velocidad luz...
No llega a terminar la frase. Vader se deja llevar por toda su mala hostia, saca a relucir sus dotes telequinéticos, y comienza a estrangular la traquea del sujeto hasta producirle a la muerte.
—Me ha fallado usted por última vez, almirante —sentencia Lord Vader mientras su subordinado muere entre horribles gorgoteos.
Un tanto de metraje más tarde, le llega el turno al capitan Needa cuando acude a disculparse por perder de vista al Halcón Milenario.
—Disculpa aceptada, capitan Needa —pero de aceptada nada; el pollo muere igualmente tratando desesperadamente de respirar.
Inquietante, ¿verdad? Vaya mala follada que tiene el amigo, pensarían algunos —o todos—. Se cumple una vez más el estereotipo de malo malísimo hollywoodiense. Vale que los chavales la cagaran un par de veces, pero tampoco es para ponerse así, ¿no?
¿Seguro? ¿Seguro que no es para ponerse así?
Ambas cagadas son —irónicamente— de película. Por culpa del Almirante Ozzel, los rebeldes tienen tiempo de reaccionar y preparar una evacuación que les salva el culo. La gracia le cuesta al imperio cepillarse a casi toda la Alianza Rebelde y capturar al listillo que se cargó la Estrella de la Muerte antes de que se vaya de rositas. Por otro lado, el Capitán Needa pierde de vista una nave de 26.7 metros de longitud —increíble las chorradas que te encuentras en la Wikipedia— que realmente llevaba pegada como una lapa en el exterior del casco de su propio destructor estelar —¿es que no tiene periscopio o qué?—. Vamos, un par de fallitos tontos.
Ahora pensemos que no se trata de una película de ciencia-ficción, sino de la realidad del día a día en las empresas en las que trabajamos. ¿Seguro que no es para ponerse así? Imaginemos que el Almirante Ozzel y el Capitán Needa son un par de cargos intermedios en la empresa en la que trabajamos. Resulta que su incompetencia, ineptitud, incapacidad, mediocridad, etc —llámalo X, pero llámalo— arruina el esfuerzo de muchas personas y acaba con el buen trabajo de todo su equipo. ¿Sigue sin ser suficiente para ponerse así? Bueno, entonces imagina que se trata de tu propia empresa, y que estos dos pollos te han hecho perder un par de centenares de miles de euros. ¿Ahora sí lo ves?
Cagadas como las de estos dos individuos ocurren por manojos todos los días. Las estructuras de las empresas —especialmente las grandes— favorecen —y aquí estoy generalizando— que los cargos intermedios sean ocupados por personas que están muy lejos de ser las más preparadas y competentes para desarrollar el cargo. No voy a contaros cosas como el Principio de Dilbert o el Principio de Peter, que sin duda tienen mucho que ver en esto. Tampoco entraremos en detalle en cómo las habilidades para sobrevivir en la empresa suelen triunfar sobre la diligencia y el buen hacer —que parezca que eres bueno puede ser más fácil y relevante que serlo— y, cómo eso combinado con la tendencia que todos tenemos a rodearnos de personas con perfiles similares al nuestro derivan en jerarquías endogámicas formadas por individuos mediocres.
Sin entrar en detalle, insisto, lo que hace Lord Dark Vader es proteger su negocio —o su gestión— de la incompetencia de aquellos que han tomado decisiones nefastas, demostrando que el cargo les queda grande. Y no es el único caso de ejemplo. En estos días en los que la figura de Steve Jobs está muy presente, no debemos olvidar que Apple ha logrado alcanzar muchos de sus objetivos gracias a unos criterios de excelencia que muchos considerarían —y consideran— tiránicos. Si Steve Jobs no hubiera dispuesto de los mejores profesionales en todos y cada uno de los campos que intervienen en el desarrollo de sus cacharros, no tendríamos iPhones, ni Macbooks, ni iMacs, ni ninguno de esos aparatejos que tanta importancia le dan hasta al más mínimo detalle dejándonos boquiabiertos. Jobs lo logró deshaciéndose de todos aquellos que no daban la talla, en su caso —afortunadamente— sin que la sangre llegara al río —aunque bien es cierto que las formas con las que acostumbraba a despedir a sus subordinados podría habérselas ahorrado—. Se rodeó de los mejores. Y lo consiguió.
En fin. Sólo me queda soñar con el día en que uno de tantos gerentes de mi empresa entre en el despacho de su director y se siente con cara de preocupación en la silla. Entonces, su director le espetará con voz grave:
— Me ha fallado usted por última vez.
lunes, 12 de marzo de 2012
El Literato
Por razones que no vienen al caso, recientemente recordé uno de los momentos más cómicos que me ha regalado RNE. Ironías de la vida, no se trató de un espacio cómico —aunque confieso que Garrido, Wyoming y Juan Luis Cano los jueves por la tarde es para partirse la caja—, sino de una entrevista a nada más y nada menos que Roberto Iniesta, más conocido como El Robe. Sí, ese señor que nos vomitaba lo más oscuro de su alma a través de la voz de Extremoduro. Con la venia de RTVE, os pego el fragmento de la entrevista.
Si has escuchado el fragmento entero, igual te estás preguntando: ¿dónde está la gracia? Si es así, será mejor que no sigas leyendo. Creo que ya le caigo mal a suficiente gente.
Este señor fue un ídolo para muchos jóvenes españoles que disfrutaron de su adolescencia durante los años noventa. Hace unos pocos años, leí una entrada en un blog que no he sido capaz de encontrar. En ella su autor, el cual se declaraba fan de Extremoduro, reconocía que aquella música no era precisamente una de las mayores obras artísticas que habían caído en sus manos. Si no recuerdo mal, lo calificaba de música caca-culo-pedo-pis, en referencia a la gran popularidad que alcanzaron esas melodías simplonas cargadas de "mierda", "puta", "joder", etc, culminando en títulos como Iros Todos a Tomar Por Culo. Aquel autor relacionaba el éxito del grupo con el hecho de que fueran pioneros en el uso de un lenguaje malsonante que, hasta entonces, nadie se había atrevido a emplear. Desde luego ha habido otras muchas bandas que han ido mucho más lejos, pero es posible que Extremoduro fuera de las primeras. El autor recordaba cómo aquellas cintas se pasaban de mano en mano con el caca-culo-pedo-pis como principal atractivo. Imagino que para él y sus amigos sería algo del estilo de la primera revista porno.
Ya he entrado a valorar la calidad artística de su música, y con ello habré conseguido cabrear a casi toda mi generación. Pero no escribo por eso, no. Por encima de la faceta musical de este señor, me parece más digna de comentar su faceta de escritor. Para cualquiera que sea capaz de dejar a un lado, aunque sea por un momento, la nostalgia por su época adolescente, habrá detalles que no habrán pasado desapercibidos. Pero aún así, me parece digno destacar lo siguiente:
- Esa voz. Este señor —se rumorea— tuvo sus más y sus menos con las drogas, el alcohol y la mala vida. Cuando uno escucha una entrevista radiofónica a un escritor —persona humana que ha escrito un libro—, supongo que lo último que espera es escuchar una voz que recuerda al personaje de Coke en La que se Avecina. Pero sí, señores. Es realmente difícil dejar de imaginárselo con el teléfono en una mano y la litrona en la otra —por no hablar del porro encima de la mesa— mientras nos habla de su libro.
- Momento confesión: "me tiré muchos años sin leer nada". Cualquiera pensaría que, para escribir un libro, es condición necesaria haber leído. Pero parece que no es así.
- Momento formación. "Has estudiado gramática y latín". Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero eso suena a "has tenido que aprender a construir frases tú solito". Joder, Garrido, ¡cómo te pasas! Menos mal que El Robe está aquí para aclarárnoslo todo: nos responde con una disertación acerca de coger soltura escribiendo y conseguir que la gente comprenda lo que quieres transmitirles. Eh... mejor vamos con la siguiente pregunta.
- Momento "si quieres saber de qué va el libro, cómpralo". Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero da la sensación de que Garrido tiene instrucciones muy precisas de no preguntar por la temática del libro. Viniendo de un señor que —con sus santos cojones— fue capaz de detener un concierto porque había personas que estaban viendo el espectáculo desde fuera del recinto sin pagar entrada, no sería de extrañar. Igual piensa que, si sabemos de qué va el libro, no querremos comprarlo.
- Momento "¿ein?". Tras una —complicada— retórica por parte de Garrido acerca del público objetivo de la novela, llega el momento de responder. Se hace un silencio incómodo de unos pocos segundos, roto por la voz temblorosa de nuestro escritor y un montón de frases con las fórmulas como "no sé..." o "sí bueno...".
- Momento técnica. Kallene se interesa por la técnica literaria empleada para desarrollar el hilo conductor. ¿Respuesta? Pues mi propia técnica. Tronco, que yo soy el puto amo —bueno, esto último no llega a decirlo aunque parece pensarlo—.
- Momento currante. Garrido suelta, "Robe, ¡a ver si ahora te va a dar por trabajar!". Respuesta: "¡Eh! ¡Que ahora yo ya no soy un gandul, hombre!". Vaya, yo que le imaginaba doce horas diarias encerrado en una biblioteca. Por cierto, esa voz... ¿seguro que no es Coke?
- Momento literato. Igual es pensar mal —que no digo que no—, pero yo pondría la mano en el fuego a que cuando Garrido le llama "literato", este señor no tiene ni idea de qué significa esa palabra. Se va por los Cerros de Úbeda, soltando no sé qué rollo sobre premios al más tonto —de verdad que no puedo dejar de descojonarme recordando esta parte—. Cualquiera pensaría que, para escribir un libro, es condición necesaria tener un mínimo de léxico. Pero parece que no es así.
- Momento "¡ay, qué mono!". En un momento dado, Garrido y Kallene pasan del contenido al continente, empezando a discutir lo bonita que es la edición y lo maravillosas que son las ilustraciones. A esas alturas la cosa ya es delirante. Parece que están entrevistando a un chaval de diez años que ha ganado un premio —no, al más tonto no— al mejor trabajo de literatura de su colegio. Uno empieza a plantearse si Garrido y Kallene no están tratando de quedarse con él. Parece que se oyen risas de fondo. No, no son risas. ¿O sí?
- Momento autocrítica del libro. Esa frase aplastante de "yo no he querido que el argumento fuera demasiado importante". Ahí. Con dos cojones. ¿Quién le da importancia al argumento de un libro? ¡Minucias! ¡Minucias! Donde estén unas buenas ilustraciones...
Y la entrevista termina tras casi quince minutos intensos, pero agradables.
Bueno, Robe. Mis disculpas por una crítica tan ácida, casi cruel. Realmente, tú no tienes —toda— la culpa. Al fin y al cabo, eres un músico de punk-rock. No tienes por qué saber hablar en público, ni haber leído un libro en tu vida, ni tener el léxico de un académico, ni saber escribir. Muchas personas maravillosas tampoco cumplen tales requisitos. Otras, menos maravillosas —como yo—, tampoco lo logramos. Claro que ni a unos ni a otros nos da por escribir literatura. Pero aún así, el problema —mayormente— es de otros, en cuanto alguien llega a la conclusión de que tú, por el hecho de ser popular —o famoso—, tienes algo que decir. Es lo mismo que nos conduce a sinrazones como que Mario Conde publique un manual para sacarnos de la crisis —económica, se entiende— y haga lleno absoluto el día de su presentación. O que Jesulín de Ubrique publique un disco de baladas con las que no dejaron de bombardearnos en su día. Somos demasiado imbéciles para darnos cuenta de que la fama es sólo eso, fama. Y no conlleva privilegios ni dotes especiales más allá de los méritos que la acompañaban cuando apareció. Sería mejor que El Robe se limitase a tocar punk-rock, Mario Conde a —según sentencia firme— apropiarse de lo ajeno, y Jesulín a masacrar toros. Pero sería aún mejor que todos tuviéramos el juicio necesario para no interesarnos por cualquier sandez que se le ocurra al famoso de turno. Hay muchas buenas novelas, muchos buenos manuales de macroeconomía y muchos buenos álbumes para que estemos perdiendo nuestro tiempo y dinero escuchando a la persona equivocada.
Bueno, Robe. Mis disculpas por una crítica tan ácida, casi cruel. Realmente, tú no tienes —toda— la culpa. Al fin y al cabo, eres un músico de punk-rock. No tienes por qué saber hablar en público, ni haber leído un libro en tu vida, ni tener el léxico de un académico, ni saber escribir. Muchas personas maravillosas tampoco cumplen tales requisitos. Otras, menos maravillosas —como yo—, tampoco lo logramos. Claro que ni a unos ni a otros nos da por escribir literatura. Pero aún así, el problema —mayormente— es de otros, en cuanto alguien llega a la conclusión de que tú, por el hecho de ser popular —o famoso—, tienes algo que decir. Es lo mismo que nos conduce a sinrazones como que Mario Conde publique un manual para sacarnos de la crisis —económica, se entiende— y haga lleno absoluto el día de su presentación. O que Jesulín de Ubrique publique un disco de baladas con las que no dejaron de bombardearnos en su día. Somos demasiado imbéciles para darnos cuenta de que la fama es sólo eso, fama. Y no conlleva privilegios ni dotes especiales más allá de los méritos que la acompañaban cuando apareció. Sería mejor que El Robe se limitase a tocar punk-rock, Mario Conde a —según sentencia firme— apropiarse de lo ajeno, y Jesulín a masacrar toros. Pero sería aún mejor que todos tuviéramos el juicio necesario para no interesarnos por cualquier sandez que se le ocurra al famoso de turno. Hay muchas buenas novelas, muchos buenos manuales de macroeconomía y muchos buenos álbumes para que estemos perdiendo nuestro tiempo y dinero escuchando a la persona equivocada.
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